"América Latina, la región más desigual del mundo, tiene sociedades con poca cohesión social y poca conciencia de un destino común". (Ilustración: Givanni Tazza)
"América Latina, la región más desigual del mundo, tiene sociedades con poca cohesión social y poca conciencia de un destino común". (Ilustración: Givanni Tazza)
Verónica  Zavala Lombardi

Gerenta del Banco Interamericano de Desarrollo (BID)

En América Latina, los países se encuentran en estados de confinamiento que, en algunos casos, ya alcanzan las 12 semanas con enormes restricciones en lo personal y grandes costos en lo económico. Aquellos países que han seguido esta senda –medidas que varían en matices pero que, al menos en lo formal, coinciden en duras prohibiciones– están planteándose el desconfinamiento por fases e iniciando con cautela este proceso. Los parámetros son los mismos: capacidad hospitalaria, capacidad de testeo, situación económica de las personas más vulnerables y del tejido productivo. El objetivo, dada la falta de vacuna o tratamiento, también es el mismo: proteger a la mayor cantidad de vidas evitando dañar lo menos posible la economía. Dicho de otro modo: a menor capacidad de control, prevención y, en última instancia, de proveer hospitalización adecuada para los casos más agudos, mayor el daño a la economía de personas y empresas. Salir de donde estamos requiere abordar una trinidad de temas: atender a los más vulnerables –sanitariamente y desde la perspectiva de apoyo económico, especialmente a los que están en inseguridad alimentaria–, reactivar la economía y contar con finanzas públicas que sostengan el largo plazo.

Esta trinidad de temas nos confronta con un desafío adaptativo y no con un problema técnico, en la terminología de liderazgo (recomiendo mucho leer a Ronald Heifetz en “Liderazgo sin respuestas fáciles”). Para distinguir un desafío adaptativo de un problema técnico, a mí me gusta comparar la diabetes con una apendicitis. En esta última, hay un disparador (peritonitis) seguido de un diagnóstico claro, el paciente difícilmente se opondrá al tratamiento (cirugía), la solución se implementa rápidamente y no requiere del concurso de ninguna persona distinta al personal médico en el hospital. En el caso de la diabetes (nuestro proxy de desafío adaptativo), es más difícil el diagnóstico –no hay algo como la peritonitis–, la solución técnica que pueden dar los médicos (pastillas) ayuda solo parcialmente y se requieren, sobre todo, cambios de actitud y de hábitos de alimentación y ejercicio, a los que el paciente a veces se opone y que, además, deben mantenerse para siempre. En la historia de la humanidad hemos conquistado muchos desafíos adaptativos desde el divorcio hasta el voto universal, y estamos trabajando en otros como la igualdad de género. También hemos resuelto problemas como la polio o la malaria, que son retos técnicos por más compleja que sea su implementación.

La semana pasada tuve la suerte de volver momentáneamente vía Zoom al salón de clases de Harvard, y Heifetz nos regresó a los principios básicos: lo que estamos viviendo producto del COVID-19 no es un problema técnico (balancear entre pérdidas de miles de vidas o millones de empleos no se resuelve con una fórmula o una política pública basada en evidencia empírica) y, por tanto, nos toca como sociedad, a cada uno en su esfera, efectuar cambios y ajustes desde la responsabilidad y la empatía. A los líderes –sean autoridades o líderes informales– les toca guiar y administrar ansiedades y emociones para que la sociedad pueda crecer ante el desafío y evite conductas evasivas. La más típica de estas conductas es buscar chivos expiatorios, encontrar el problema en algún otro (grupo de personas, la Constitución o una teoría conspirativa) y pensar que el problema se soluciona con una norma.

América Latina, la región más desigual del mundo, tiene sociedades con poca cohesión social y poca conciencia de un destino común. El ciudadano que vive del día a día y trabaja en la informalidad para mantener con dificultad a su familia en espacios pequeños es culpado por no acatar bien la cuarentena; el empresario formal que arriesga su capital, genera empleo y cumple sus obligaciones es culpado de no ser empático cuando explica el tipo de ayuda que requiere para mantener el empleo o no quebrar; el trabajador formal que llega con dificultad a fin de mes culpa al inmigrante porque “baja” los salarios; los gobiernos municipales culpan al Ejecutivo nacional de no tener recursos para responder. Los viejos a los jóvenes, los flacos a los gordos, todos a los políticos, los políticos a sus predecesores. Estamos ante un desafío adaptativo enorme que no se resuelve con una ley o una fórmula, sino que requiere del concurso de todos y de liderazgos firmes, empáticos y convocantes.

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