La Política –así, con ‘P’ mayúscula– como propuesta de futuro no solo se escribe con tecnología sino también con coraje institucional. Mientras Chile sienta las bases de su ecosistema de inteligencia artificial (IA) con mirada intergeneracional, el Perú sigue buscando una narrativa que logre ilusionar a sus 2,5 millones de jóvenes que serán nuevos votantes en la elección del 2026. ¿Será que el futuro también necesita de rockstars con capacidad de amortiguar las polarizaciones?
Estoy en Chile. Vine a conocer de cerca lo que están construyendo en torno a la inteligencia artificial generativa (IAG) y su ecosistema emergente. Lo que más sorprende no es solo la dimensión tecnológica de la apuesta, sino la claridad política para sostenerla. Aquí no se están limitando a crear proyectos piloto con entusiasmo inicial y desvanecimiento posterior. Hay una arquitectura institucional que permite incubar políticas de futuro con continuidad: desde la Comisión de Desafíos del Futuro del Senado, hasta iniciativas como el Congreso Futuro, Reuna o la RedClara, que conectan tecnología, ciudadanía e infraestructura digital. En Chile, hablar del futuro dejó de ser una charla TED y se convirtió en política pública.
Un ejemplo inspirador de esta visión es el Congreso Jóvenes Futuro 2025, que se inicia hoy jueves 7 de agosto, en un espacio lleno de energía, creatividad y pensamiento crítico, donde se mezclan cosplayers, activistas, tecnólogos, periodistas y políticos para diseñar qué ética de la IA se necesita, pero también sobre la nueva empleabilidad, la salud mental digital, la exclusión digital. ¿Y lo mejor? Todo eso ocurre en el Salón de Honor del Congreso Nacional. Es decir, el Poder Legislativo abriéndole espacio real a la ciudadanía joven para debatir el mundo que viene.
En contraste, en el Perú, la política como ejercicio trascendente ha ido quedándose vacía de contenido. Se ha vuelto un espacio repetitivo, carente de propósito, incapaz de seducir a quienes más necesitan creer que lo colectivo puede dibujar un futuro posible. Tal vez por eso, la idea de soberanía digital –aunque suene sofisticado– podría ofrecer una vía para recomponer el pacto. Porque, en realidad, no se trata solo de redes sociales o de datos: se trata de empleo, educación y bienestar. Se trata de cómo nos paramos, como país, frente a las reglas del juego que están redefiniendo el mundo. Y de si nuestros jóvenes tendrán o no herramientas reales para competir, crear o resistir en esa cancha.
En estos días también se ha confirmado algo que causará revuelo: el presidente argentino, Javier Milei, vendrá al Perú para participar en CADE Ejecutivos 2025. Algunos celebran su presencia como la llegada del economista rockstar que ‘despierta’ a las élites económicas. Otros temen que solo prime el espectáculo que suele acompañarlo. Pero el verdadero dilema no es saber si la presencia de Milei polarizará más el ambiente, sino si su presencia puede inspirar o movilizar a esa juventud que hoy está más cerca de dejar de creer que de participar.
Por ello, sería un gesto político potente –y no solo simbólico– que, en paralelo a la visita de Milei, se organizara en CADE Ejecutivos 2025 un micro-Congreso del Futuro Joven, al estilo del que se realiza en Chile. Un lugar donde no se debata solo el modelo económico, sino cómo queremos que sea la vida en la era de la IA, el trabajo, la ciudadanía digital y la ‘nueva democracia’. Un espacio donde los jóvenes no sean invitados a escuchar, sino provocados a imaginar.
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