Dos jóvenes se encuentran frente a frente en una estación del metro en Lima, e intercambian miradas, y luego se turnan haciendo movimientos que a la larga son combinaciones de diferente tipo de acciones, mueven las manos, improvisan pasos de baile e incluso intentan hacer acrobacias bastante simples. El público los aplaude y el evento es capturado por múltiples cámaras en los teléfonos celulares. Se comentará en el ciberespacio cuánto puntaje de “aura” han ganado.
Esto se llama farmear aura y viene de la combinación de la palabra ‘farming’, que equivale a labrar, cultivar y cosechar en una granja, pero que se aplica en los videojuegos como una forma de recolectar objetos o repetir acciones que otorguen puntaje al jugador. ‘Aura’ representa en el lenguaje juvenil de las redes lo que podríamos definir como carisma. Hacer rutinas públicas fuera de lo común se ha convertido en lo que ahora se llama “farmear aura”.
Si bien el puntaje que se logra es totalmente imaginario, podemos inferir que lo que genera valor en una sociedad como la nuestra es la escasez. Es decir, aquello de lo que hay poco, es aquello también que tiene más precio, frente a aquello que abunda.
1. Abunda la vergüenza, es decir en una sociedad donde todos nos vigilamos y en donde el Internet se convierte en un monstruo de mil ojos donde todos nos observamos, se ha generado una nueva cultura del cuidado de lo que se hace o lo que se dice, donde todo el mundo teme ser descubierto.
2. A consecuencia de esta vigilancia, la idea de poder mostrarse seguro, transgresor e indiferente a la vergüenza aparece como algo valioso e incluso como algo con lo que los jóvenes quisieran identificarse.
3. Pese a que podemos pensar lo contrario, la cultura occidental nos está convirtiendo en seres mucho más homogéneos de lo que creemos. Romper las expectativas de manera controlada genera un carisma digno de imitar.
4. Esto hace valiosas las actitudes que muestran desenfado y poca vergüenza en un sentido positivo. Sabemos que los políticos muestran poca vergüenza y eso no los hace farmear aura. La poca vergüenza es atreverse a mostrarse seguro en un espacio donde las personas puedan ver un desempeño inocente.
5. Esto también es valioso porque es una oportunidad para que se dejen de lados los celulares y las pantallas y se conquiste nuevamente la calle y el encuentro cara a cara, donde los encuentros sean reales y cálidos.
En realidad, las competencias de habilidades han sido constantes. Desde el rap, el breakdance, el baile urbano, las coplas de carnaval, los albures, los chistes, declamaciones, la cantidad es infinita. Desde siempre buscamos la forma de integrarnos a un grupo, que no tiene que ser masivo, puede ser un grupo de personas que buscan ser justamente distintas. Esto revela las tres características de toda manifestación cultural: ser compartidas, aprendidas y en constante adaptación. A su vez, revela la necesidad humana de socializar en un mundo cada vez más privado.
Ahora bien. ¿Qué nos une a todas y todos? Que estamos en un mundo que nos ha convertido en seres anónimos y perfectamente intercambiables. Que los afectos son vistos como totalmente secundarios en un ambiente como el nuestro, donde buscamos más éxito en la supervivencia. Que, pese al individualismo que acusa a la sociedad, todos, absolutamente todos, queremos pertenecer a un grupo, ser queridos o básicamente ser reconocidos.
Todo esto une generaciones actuales, pasadas y futuras, pero en una cultura posinvención de Internet se muestra más urgente. Necesitamos contacto humano, ajeno al temor, ajeno a la crítica, somos seres sociales, no cibersociales, provistos de inteligencia emocional y no inteligencia artificial.
A lo largo de la historia, hemos creado eventos, rituales, creencias espirituales y muchas otras formas sociales solo para recordarnos que tenemos que querernos entre todos, protegernos y cobijarnos. Todos estamos en ello, y no deberíamos tener vergüenza a lo que piense la sociedad porque todos estamos absortos en ser aceptados y en “aumentar puntaje para nuestra propia aura”.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.