Me refiero a valores en un doble sentido. El más evidente –y no necesariamente el más importante– es que la inmensa mayoría de los actuales ministros no habrían siquiera sido entrevistados en un gobierno mínimamente respetable que buscara atraer gente talentosa y honesta.
Empecemos por la primera ministra que –ya está ampliamente documentado– sube en el MEF de la mano de César Acuña de APP, quien ha cobrado caro sus votos para Balcázar. Ella viene, además –y como ya es casi un requisito– con sus propios anticuchos.
Cuando estuvo Jerí, ella fue el mal menor de los pragmáticos, obviando que es corresponsable del grosero festín de los dineros públicos del Congreso; uno –que según los economistas serios y los exministros respetables– va a impactar severamente en los recursos con que cuente el gobierno que venga.
La falta de idoneidad se hace incluso más grosera cuando el viceministro de Energía y Minas de Jerí, un saltimbanqui en búsqueda de progreso personal y con denuncias penales al hombro, pasa ahora a ser, qué menos, ministro de Justicia.
O una funcionaria con carrera en cargos administrativos, la última con Jerí en el Organismo Supervisor de las Contrataciones del Estado, que desempeñó por largos ocho días, con lo que construyó el perfil ideal para que Balcázar la ponga como ministra de Cultura. Y lo dejo ahí. Como es usual, día tras día se seguirán conociendo perlas de los nuevos y de los reciclados de los notables gobiernos de Boluarte y Jerí.
Paso, sin más, a la otra acepción de la palabra valores. Aquellos que remiten a la dignidad y autoestima que debe ponerse por delante para aceptar y retirarse de un cargo público. Algo que, por supuesto, desconocen completamente quienes armaron este engendro en el Congreso, y que está también ausente en los principales cargos del Gabinete.
Empiezo por la primera ministra y me remito a su condición de mujer. Ella no dijo ni chus ni mus cuando se supo fehacientemente que su primer presidente había convertido Palacio de Gobierno en su bulín personal, donde lo atendían muchachas jóvenes que él compraba para tal fin, con suculentos dineros públicos.
Si ese silencio ya fue horrendo, qué podemos decir de quien continúa sin inmutarse –¡y ahora como jefa del Gabinete!– con un presidente que sostiene que las niñas deben casarse con sus violadores, porque eso les hace bien a las mujeres, y que, consistente con su prédica, ha defendido como abogado a violadores de niñas.
Me remito también al canciller que ahora llega a un nivel incluso más bajo que cuando gobernaba Jerí. Veamos: De Soto lo había excluido, no de una, sino de las dos listas que llevó a Palacio. Siendo así, solo podía seguir aferrado al fajín, si el embajador político de Trump se constituía en Palacio a exigir que se quede. Una intervención inaceptable de un país extranjero en la política interna de un país que alguna vez fue soberano.
Nada bueno se puede esperar de un gobierno sin valores de un tipo, y sin valores del otro. Puede que Balcázar y Miralles lleguen hasta el final, pero eso depende del pútrido Congreso, que irá midiendo qué es lo que más le conviene, en función a sus intereses electorales. Los demás no estamos invitados siquiera a saber qué hay detrás de esta opereta de quinta.
Pero, ojo, contra el abuso sistemático de este Congreso, que encima de lo que han hecho se quieren perpetuar en el poder, tenemos un arma que solo disparará el 12 de abril cuando vayamos a votar.
Ese día, si sabemos apuntar bien, podemos sancionar tanta iniquidad, sacándolos del poder a todos, sean izquierdistas o derechistas.
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