Vivimos en el Perú –y en el mundo– tiempos duros y tristes, en los que predominan las voces de quienes imponen su voluntad mediante la denigración del otro y la mentira, alcanzando poder sin respetar reglas ni normas.
Hace unos meses sostuve que ello hacía más urgente que se escucharan voces sabias: aquellas que inspiran respeto por su experiencia, conocimiento y compromiso con el país, y de quienes han vivido lo suficiente como para que sus consejos sean reconocidos como honestos y desinteresados. Uno de ellos, Ramón Barúa Alzamora*, partió hace unos días.
Ramón perdió a su padre en su temprana juventud. Antes de morir, le pidió que se hiciera cargo de su madre –maestra de escuela pública– y de sus seis hermanos. Para cumplir, tuvo que trabajar intensamente, empezando por vender y contar boletos en el hipódromo.
Lo hizo sin descuidar sus estudios de ingeniería en lo que hoy es la UNI –su alma mater–, los que luego complementó en la Universidad de Lovaina.
Fue en esos años cuando, muy jóvenes, Rosa María y Ramón se enamoraron, y no dejaron de estarlo por más de 50 años, hasta el último día. Construyeron una familia muy unida, en la que sus cinco hijos pudieron beneficiarse de los valores que les inculcaron.
A Ramón se le conoce sobre todo por su carrera empresarial, que inició en Cosapi y que, en las últimas décadas, la consagró en el Grupo Interbank. No por nada recibió el Premio IPAE al Empresario del Año 2017.
Su visión empresarial se expresaba en una frase que repetía con frecuencia: “Lograr que el Perú sea el país de la región más propicio para el desarrollo de cada familia”.
Se interesó en múltiples ámbitos de interés colectivo.
Incursionó en la política como jefe del plan de gobierno de Mario Vargas Llosa, experiencia que recordaba con comprensible orgullo.
Desde entonces, su compromiso con lo público se canalizó desde la sociedad civil. Así, cuando defender los derechos humanos era estigmatizado –como vuelve a serlo hoy–, tuvo el coraje de integrar el Consejo de Reparaciones a las víctimas de la violencia.
Más adelante, su pasión por una educación de calidad para todos lo llevó al Consejo Nacional de Educación. Más recientemente, fue durante años miembro de la directiva y –hasta el final de sus días– de la asamblea de la Asociación Civil Transparencia, promotora de la democracia y las elecciones libres.
Actuaba sin buscar reconocimiento. Por eso, recién en su concurridísimo velorio supe de otros compromisos de esa índole: fue miembro del Patronato del Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social. También apoyó a Proética –ONG dedicada a la lucha contra la corrupción–, prestando el auditorio de Interbank para eventos importantes y, en un período de crisis, sirviendo de aval para la obtención de fondos.
Otra forma de ayudar fue el apoyo económico discreto que brindó a muchísimas personas: desde las más humildes y en urgente necesidad, hasta quienes atravesaban crisis diversas, así como a quienes requerían un impulso para que algún pequeño proyecto empresarial pudiera germinar. Es difícil saber a cuántos alcanzó su generosidad, porque –como me comentaron un par de beneficiados– la condición era que quedara entre ellos.
Dejo para el final un rasgo esencial de su identidad, sin el cual no se entenderían su vida y su obra: fue un católico fervoroso. Y el Dios en el que tanto creyó lo retribuyó permitiéndole morir el Sábado de Gloria y ser cremado el Domingo de Resurrección. “Buen punto”, le habrá dicho Ramón agradecido al llegar a destino.
*Es pariente y amigo.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.