Uno: el Congreso eliminó las PASO, que consistían en primarias abiertas tres meses antes de las elecciones. Estas obligaban a los partidos a obtener un mínimo de 1.5% para seguir en carrera y, además, adelantaban el voto preferencial, con lo que se acababan las campañas individuales. De haberse mantenido, habríamos tenido, digamos, entre ocho y diez partidos.
Dos: Piero Corvetto no ha cometido fraude, pero ha causado un terremoto de proporciones cuyas réplicas nos afectarán por mucho tiempo. ¿No se dio cuenta de que, para Lima –donde vota un tercio de los electores–, se escogió de manera corrupta a una empresa que ya había causado serios problemas antes, cuando había opciones mejores y menos costosas?
Ello ocasionó que cientos de mesas –si no miles– tuvieran que instalarse más allá del mediodía, causando indignación ciudadana, y que los miembros de mesa debieran permanecer cerca de 24 horas en sus funciones. Más serio aún, hizo que alrededor de 60.000 electores tuvieran que votar el lunes, entre otros problemas.
¡Tiene que irse del cargo ya!
Sé que la ley prohíbe su renuncia, pero de seguro no puede impedirla si argumenta problemas de salud. Ello le permitiría dedicarse a tiempo completo a defenderse del cúmulo de acusaciones que enfrenta.
Tres: Rafael López Aliaga, incluso antes de la votación y antes de que ocurrieran los estropicios de la ONPE, ya había anunciado que ganaría la primera vuelta porque sus encuestas así lo indicaban, o que al menos obtendría un 25%.
Ya avanzado el conteo y cuando quedó meridianamente claro que Keiko Fujimori lo había pasado por encima y que su posibilidad de pasar a la segunda vuelta trastabillaba, sostuvo que, incluso si él pasaba, el fraude se había producido, y exigió al presidente del JNE volver el proceso a fojas cero o, de lo contrario, “le voy a meter todo mi plan Morrocoy, bien grandazo para que se haga hombre”.
Pero cuando se dio cuenta de que nadie relevante se sumaba a su “insurrección” y que hasta sus elegidos para el Senado y la Cámara de Diputados lo dejarían colgado de la brocha, sin una mínima autocrítica viró hacia exigir al JNE que no proclame los resultados hasta que se sepa quiénes pasan a la segunda vuelta. Léase: “Si yo no paso, hubo fraude”. Pues habrá que esperar sentados, porque hay más de 5.000 actas observadas.
Tanta chusquedad en el hablar y recurrentes desequilibrios emocionales dan cuenta de su inmenso parecido con su mentor, Donald Trump.
Cuatro: también hay algunas buenas noticias en medio de esta desgraciada situación que nos obliga a elegir entre dos opciones de segunda vuelta, cada una peor que la otra.
Así, si bien el crimen violento no ha disminuido un ápice –sino que ha empeorado en los últimos meses–, ningún candidato fue asesinado, como sí ocurre en países de la región con situaciones criminales similares a la nuestra.
Hay que resaltar también que el comportamiento de los electores en todo el país fue impecable: no hubo ningún incidente violento, pese a la tensión política y la polarización existentes.
Muy positivo, dado el rol que cumplieron en estos años de destrucción institucional, que siete de los diez partidos del Congreso ya no estarán en el siguiente, y que –como individuos– muy pocos puedan repetir el plato.
La más importante: la composición del Congreso no permite que quien gobierne pueda hacer cambios constitucionales –aquellos que requieren las propuestas más radicales de ambos extremos–, por lo que se necesitará dialogar y construir acuerdos. Sin embargo, hay importantes evidencias de que muchos nuevos congresistas de diversas bancadas no son precisamente lo mejor de cada casa, por lo que no queda claro cuál será su conducta ni las motivaciones que la guiarán.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.