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Memoria y experiencia formativa, por Carmen McEvoy

"Mediante la asimilación de una memoria dolorosa y su respectiva conversión en experiencia vital, los dublineses han aprendido a convivir con su difícil trayectoria histórica".

Carmen McEvoy Historiadora

Rolando Pinillos

"Ser testigo de la lucha constante contra el olvido es un privilegio y una lección a tomar en cuenta en estos tiempos de negacionismo y cinismo generalizado" (Ilustración: Rolando Pinillos)

Irlanda preserva y celebra su memoria que, como la gran hambruna –responsable de la muerte de un millón de personas y del exilio de una cantidad similar–, es trágica y dolorosa. Para alguien que ama la historia, resulta fascinante observar cómo el pasado vive en cada rincón de Dublín. Iglesias medievales, placas recordatorias, esculturas e incluso un simple viaje en transporte público ayudan a que la mente humana aprehenda al menos un retazo del pasado dublinés. Pienso, por ejemplo, en esa mañana soleada en la que paseando con mis nietas llegamos al lugar donde James Joyce y su futura esposa, Nora Barnacle, tuvieron su primera cita. La que coincidió con aquel famoso 16 de junio de 1904 plasmado eternamente en “Ulises”. Fue en esa fecha memorable cuando Leopold Bloom y Dublín se universalizaron mediante la pluma de uno de sus hijos más afamados.

Ser testigo de la lucha constante contra el olvido es un privilegio y una lección a tomar en cuenta en estos tiempos de negacionismo y cinismo generalizado. Porque así como existen memorias dolorosas –como las capturadas en la prisión de Kilmainham en Dublín donde los republicanos irlandeses fueron encarcelados para ser ejecutados luego del Easter Rising de 1916– también las hay dulces y amables. Tal es el caso del festival de las artes de Kilkenny, donde “los sueños y descubrimientos” de una ciudad medieval –reinventada como sede del diseño y las artes irlandesas– se plasman en conciertos, conversatorios, visitas a museos y una variedad de obras de teatro presentadas en el parque del hermoso castillo de Kilkenny. Su inmensa torre refiere a unos orígenes que se remontan al siglo XII pero también al uso de su espacio como establo, que data del siglo XVIII.

En el caso de Kilmainham (denominada la Bastilla irlandesa e inaugurada en 1796), es importante recordar que fue convertida en museo por iniciativa de un grupo de ciudadanos entre las décadas de 1960 y 1970. Sin negar el dolor que allí vivieron los miles de detenidos –entre ellos mujeres y niños–, una combinación de compasión, madurez cívica y un extraordinario trabajo museográfico permitió transformar un espacio de denigración en uno de reflexión histórica. Mediante la asimilación de esa memoria dolorosa –que muchos en el Perú quieren meter debajo de la alfombra– y su respectiva conversión en experiencia vital, los dublineses han aprendido a convivir con su difícil trayectoria histórica. Con éxitos pero también con errores que –como bien sabemos– forman parte de una condición humana que tiende a la violencia, al conflicto y, muchas veces, al no reconocimiento de los logros propios y mucho menos los ajenos.

En su libro “Mindset: The New Psychology of Success” (Mentalidad: la nueva psicología del éxito), la profesora de la Universidad de Stanford Carol Dweck analiza dos tipos de mentalidad que, a mi entender, pueden relacionarse con la manera en que los seres humanos –e incluso las sociedades– procesan sus recuerdos, triunfos y derrotas. Las personas con “mentalidad fija” creen que sus cualidades básicas –como la inteligencia o el talento– son estáticas. Así, el mayor empeño será demostrar que son inteligentes o talentosas e incluso ganadores natas. Para ello deben borrar de su mente el hecho de que pueden perder, negando así sus inevitables deficiencias.

A quienes tienen una “mentalidad de crecimiento”, Dweck los presenta como los que saben que la vida es un proceso y por ello es posible cultivar las cualidades básicas mediante el esfuerzo y el aprendizaje. En este rango destacan los que buscan experiencias que impliquen desafíos con el objeto de que sus aptitudes evolucionen a un nivel superior. La “mentalidad de crecimiento” está estrechamente asociada a un grado de inteligencia emocional que entiende que la derrota es parte del aprendizaje. Una adaptación natural a los reveses de la vida con la clara intención de asimilarlos y revertirlos.

“Ser inmenso y glorioso en la derrota” es una frase que escuché a un periodista joven, refiriéndose a nuestra selección. Me impresionó gratamente porque creo que además de aludir, tal vez sin proponérselo, a la “mentalidad de crecimiento” –analizada por Dweck– expresa lo que muchos sentimos sobre el desempeño del Perú en el Mundial. Porque sin intentar convertir una derrota en victoria, es necesario reconocer que exhibimos talento, garra, inteligencia y un amor por nuestro país escasamente publicitado a la fecha. Fue esto, unido al pensamiento estratégico de Ricardo Gareca y a la cercanía del padre Martin Collum que trabajó como misionero por 14 años en el Perú, lo que motivó al pueblo irlandés de Rathmullan a apoyarnos a lo largo del Mundial. Fueron esos rasgos, que hay que seguir fortaleciendo, los que también permitieron confrontar una mentalidad (por no decir una carga histórica de autoflagelación) que demanda un mayor análisis. Como historiadora pienso en un ejemplo anterior: la notable “Reconstrucción Nacional” que sucedió a la Guerra del Pacífico de la que muy pocos hablan y mucho menos escriben.

Siento que a pesar de nuestro tráfico caótico, nuestra falta de proyectos de largo plazo, de la violencia, la corrupción y el negacionismo que cada día nos envuelve, existe un amor por el aprendizaje diario y una capacidad de recuperación de los fracasos que son dignos de encomio –y la selección peruana es una prueba de ello y del trabajo en equipo–. Recuperarse de la “guerra milenaria” que nos declaró sin ninguna piedad Sendero Luminoso o de la inflación de más de 3.000%, vivida bajo el primer gobierno aprista, muestra la fortaleza de los peruanos cuyo amor por la vida es indiscutible. Es por ello y por esa creatividad que nos define diariamente que hay que seguir cristalizando nuestras memorias, sean ellas “buenas o malas”, en experiencias poderosas. Para que vuelva la ilusión y las ganas de seguir luchando a pesar de todos los obstáculos que se nos presenten en el camino.

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