El albacea

“Quien gobierna para conservar queda inhabilitado para demoler, y en el Perú hay piezas que ya no necesitan reformarse, sino que deben demolerse”.

    Gonzalo Banda
    Por

    Analista político

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    Resumen

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    En julio de 1997, el entonces presidente Alberto Fujimori participaba en la Misa y Te Deum en la Catedral. (FOTO: MIGUEL CARRILLO / EL COMERCIO)
    En julio de 1997, el entonces presidente Alberto Fujimori participaba en la Misa y Te Deum en la Catedral. (FOTO: MIGUEL CARRILLO / EL COMERCIO)
    / MIGUEL CARRILLO

    Hay una diferencia en el derecho y en la política entre un heredero y un albacea. El heredero recibe un patrimonio y puede hacer con él lo que le parezca: transformarlo, venderlo, multiplicarlo o arruinarlo. El albacea tiene un encargo más humilde: conservar la masa hereditaria, no disponer de ella y entregarla íntegra. Es un oficio de custodia. Pero el patrimonio puede conservarse intacto mientras pierde todo su valor. Keiko Fujimori llegó a Palacio el 28 de julio, en su cuarto intento, como décima presidenta en diez años y como heredera de Alberto Fujimori; pero gobierna, por ahora, como albacea del establishment que no escatimó en apoyarla. El patrimonio que administra es el arreglo que su padre dejó instalado: una constitución económica y un Estado con algunas reformas que siempre quedaron truncas. Su oferta electoral no fue refundar nada: mano dura y estabilidad. Pero, con los años, ese orden comenzó a mostrar sus costuras. Se había edificado sobre una sociedad donde la informalidad comenzó a abrirles paso a las economías ilegales y donde el crimen organizado comenzó a trepanar la vida cotidiana.

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