Hay una diferencia en el derecho y en la política entre un heredero y un albacea. El heredero recibe un patrimonio y puede hacer con él lo que le parezca: transformarlo, venderlo, multiplicarlo o arruinarlo. El albacea tiene un encargo más humilde: conservar la masa hereditaria, no disponer de ella y entregarla íntegra. Es un oficio de custodia. Pero el patrimonio puede conservarse intacto mientras pierde todo su valor. Keiko Fujimori llegó a Palacio el 28 de julio, en su cuarto intento, como décima presidenta en diez años y como heredera de Alberto Fujimori; pero gobierna, por ahora, como albacea del establishment que no escatimó en apoyarla. El patrimonio que administra es el arreglo que su padre dejó instalado: una constitución económica y un Estado con algunas reformas que siempre quedaron truncas. Su oferta electoral no fue refundar nada: mano dura y estabilidad. Pero, con los años, ese orden comenzó a mostrar sus costuras. Se había edificado sobre una sociedad donde la informalidad comenzó a abrirles paso a las economías ilegales y donde el crimen organizado comenzó a trepanar la vida cotidiana.
Hay una diferencia en el derecho y en la política entre un heredero y un albacea. El heredero recibe un patrimonio y puede hacer con él lo que le parezca: transformarlo, venderlo, multiplicarlo o arruinarlo. El albacea tiene un encargo más humilde: conservar la masa hereditaria, no disponer de ella y entregarla íntegra. Es un oficio de custodia. Pero el patrimonio puede conservarse intacto mientras pierde todo su valor. Keiko Fujimori llegó a Palacio el 28 de julio, en su cuarto intento, como décima presidenta en diez años y como heredera de Alberto Fujimori; pero gobierna, por ahora, como albacea del establishment que no escatimó en apoyarla. El patrimonio que administra es el arreglo que su padre dejó instalado: una constitución económica y un Estado con algunas reformas que siempre quedaron truncas. Su oferta electoral no fue refundar nada: mano dura y estabilidad. Pero, con los años, ese orden comenzó a mostrar sus costuras. Se había edificado sobre una sociedad donde la informalidad comenzó a abrirles paso a las economías ilegales y donde el crimen organizado comenzó a trepanar la vida cotidiana.
Los brotes de la nueva derecha en América Latina son brotes refundacionales. La nueva derecha entendió que conservar las cenizas no es trasmitir el fuego. Pretende disputar nuevos escenarios, aquellos en los que hay que desmontar estructuras en el Estado; incluso, la seguridad es entendida como refundación y no solo como operativo policial. Keiko llegó con la intuición exactamente contraria y quizá por eso le está costando leer los momentos políticos de urgencia como sus pares en la derecha. Su familia ya refundó una vez y esa refundación es hoy su patrimonio. Pero la casa que custodiaba el albacea ha envejecido, se ha deteriorado y necesita un ‘extreme makeover’.
Un albacea no es alguien que no quiere tocar la casa; es alguien que tiene prohibido tocarla. Quien gobierna para conservar queda inhabilitado para demoler, y en el Perú hay piezas que ya no necesitan reformarse, sino que deben demolerse: las normas que achicaron el crimen organizado hasta volverlo inasible; la selección de candidatos, vuelta propiedad de cuatro dueños de partido; y el régimen de permisos y excepciones del que se alimenta la extorsión, ese en el que trabajar depende de una autorización que cualquiera puede retirarte a punta de balazos. Nada de eso mejora solo administrando mejor o solo con facultades legislativas.
Cada vez que alguien propone abrir esa maleta de reformas, se encuentra con una resistencia gigante. El orden predatorio en la PNP, en la minería ilegal y en las mafias del transporte se resiste, mientras algunos de sus ministros polemizan entre sí sobre temas que no son prioritarios en la agenda ciudadana, sino viejas rencillas personales. Son meses clave, ya con El Niño pechándonos, pero siempre habría que recordar que al albacea se lo juzga por lo que logró conservar.