Hubo un tiempo en que la radio cambió la conversación pública y otro en que la televisión reorganizó la vida cotidiana. Después llegó internet. Hoy la inteligencia artificial está entrando en nuestras culturas con una fuerza comparable, aunque más profunda. No se limita a transmitir contenidos, también ayuda a producirlos, ordenarlos y hacerlos ver razonables. Por eso, el impacto de esta nueva tecnología nos obliga a preguntarnos si deberíamos ajustar el eje central que le damos a la educación.
Durante años, buena parte de la escuela y de la universidad premió capacidades que tenían sentido en un mundo donde resumir, redactar, organizar información y producir respuestas aceptables era costoso. Pero ahora la IA ha cambiado el valor de esas tareas. Si una máquina puede ayudarte a hacer en segundos lo que antes tomaba horas, la educación no puede seguir organizada como si el núcleo del aprendizaje fuera solo la respuesta correcta. El problema ya no es solo el acceso y el procesamiento de la información, sino qué hacer con ella, cómo examinarla y con qué criterio decidimos si merece ser tomada en cuenta y utilizada.
Un estudio publicado en 2024 en Humanities and Social Sciences Communications, revista Q1 en Scimago, advierte que los entornos algorítmicos personalizados pueden reducir la exposición a perspectivas diversas y favorecer un estrechamiento del campo de experiencia y de juicio. Es decir, el algoritmo produce mentes estrechas. La cultura general ensancha nuestra forma de entender el mundo, convirtiéndola en el mejor antídoto frente a la dimensionalidad única del algoritmo, ese que nos hace confundir familiaridad con verdad, y preferencia con criterio.
Quizás el problema no sea solo cuánto STEM enseñamos, sino cuánto hemos subestimado la cultura general, la imaginación, el juicio y la formación humanística integral en un momento en que parte de la técnica empieza a volverse asistida. No se trata de oponer humanidades y ciencia, sino de entender que la IA reordena las capas del conocimiento. Gracias a ella, más personas acceden a capacidades técnicas que antes parecían reservadas a especialistas, pero eso no elimina el conocimiento profundo, lo desplaza hacia niveles más especializados. Es justo por ello que se vuelve más importante contar con una base amplia que permita comprender, contextualizar e imaginar mejor qué información es verosímil y de qué manera vale la pena utilizarla.
No es solo una intuición. En un estudio reciente, basado en una encuesta a 2,000 estudiantes y entrevistas a 100 docentes de tres universidades en Vietnam, el 75% de los estudiantes señaló haber fortalecido su pensamiento crítico, mientras que el 68% afirmó analizar los problemas desde perspectivas éticas, históricas y culturales. En un país como el Perú, donde la desigualdad educativa ya condiciona quién interpreta mejor la realidad y quién apenas aprende a reproducir información sin comprenderla a fondo, no podemos seguir tratando la cultura general como un accesorio o un lujo. Si seguimos así, solo crearemos mayores brechas cognitivas y sociales.
La educación de la era de la IA no debería resignarse a formar usuarios eficientes. En un mundo gobernado por algoritmos su tarea es más exigente. Tiene que formar personas capaces de pensar con ellas sin quedar subordinadas por su aparente facilidad.
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