Es curioso cómo las narrativas moldean la percepción de la opinión pública. A menudo exageran atributos para construir la historia del adversario y fijar una imagen determinada en el imaginario colectivo. Lo paradójico es que, en ese proceso, muchas veces se terminan sobreestimando cualidades que originalmente fueron usadas para cuestionar una reputación.
Esta reflexión encuentra un buen ejemplo en los recientes acontecimientos ocurridos en el Parlamento. Por casi una década hemos convivido con la narrativa de que Fuerza Popular es el partido con la maquinaria política capaz de articular mayorías al punto de “gobernar desde el Congreso”. No sé si sus detractores lo notaron, pero le atribuyeron una capacidad de operación política prácticamente inigualable. Sin embargo, tras la elección de las mesas directivas de la Cámara de Diputados y del Senado, cabe preguntarse: ¿dónde están esos operadores?
Desde la proclamación de los resultados electorales hasta la instalación del Congreso transcurrieron varias semanas, tiempo suficiente para conversar con otras bancadas, tender puentes y asegurar los votos necesarios para conducir ambas cámaras.
Pero en Diputados, Fuerza Popular perdió ampliamente. Más aún, impulsó una lista cuya conformación hacía prever escasas posibilidades de construir consensos. En el Senado, en cambio, sí logró la presidencia, aunque por apenas un voto de diferencia.
Precisamente por la reputación que ha acompañado al fujimorismo por años –esa narrativa a la que hacíamos referencia al inicio–, el estándar con el que hoy se le evalúa es distinto. Si durante tanto tiempo se le atribuyó una capacidad excepcional para construir mayorías, resulta legítimo preguntarse: ¿esto es lo mejor que podía hacer el partido que, según sus críticos, ha gobernado el Congreso la última década?
La elección de las mesas directivas fue apenas el primer capítulo. Ahora viene la distribución de las comisiones, donde se concentra buena parte del poder parlamentario. Es allí donde se definen o evidencian las verdaderas cuotas de poder. ¿Tendrá Fuerza Popular la capacidad de quedarse con las comisiones más influyentes o terminará conformándose con aquellas de menor peso político mientras otras bancadas controlan los espacios estratégicos? Esa será la verdadera medida de la distancia entre la reputación y la realidad.
De no lograrlo, comenzará a desdibujarse la narrativa de su maquinaria política, un atributo que, aunque se usara negativamente, vale la pena sostener si fuese real y, peor aún, sería una realidad la falta de control sobre el Congreso.
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