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“Nuestra sociedad cree que el éxito personal se sustenta en capitalizar un don, una suerte de bendición divina que reposa en nuestras manos o en nuestros pies”.

    Carlos Meléndez
    Por

    PhD en Ciencia Política

    ilustración: Giovanni Tazza
    ilustración: Giovanni Tazza

    Hace seis meses, Joseph –huachano de nacimiento– abrió Sinchi, un restaurante peruano en Rua Luis de Camões, en el barrio de Alcántara, en Lisboa. (Muy recomendable su arroz con mariscos). No se trata de esas cocinas nacionales en el extranjero dedicadas a un público cautivo de paladares nostálgicos. En todo Portugal, los connacionales no deben pasar los 2.000. Sinchi es parte de ese atrevimiento que hemos adquirido los peruanos para jugar de visita en canchas gastronómicas. Es parte de ese movimiento social de nuestros cocineros que traspasa fronteras, con el discreto objetivo de que “el cebiche peruano sea amado en todo el mundo” (Gastón dixit). Mientras la apertura de La Mar en Madrid es la vanguardia –muy recomendable la milanesa de corvina con tacu tacu en salsa de chupe–, cientos –quizás miles– de Sinchi constituyen el ‘grassroots’ de este intento nacional de aspirar a ser un ‘soft power’ culinario. Se ha ganado tanto prestigio y capital social, que valdría la pena preguntarnos si nuestra sazón puede resucitar a un muerto, como es nuestra política.

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