Recibimos el pasado 27 de julio recordando a una de las personalidades más notables de la historia de nuestra patria: Miguel Grau, cuyo nombre escuchamos desde nuestros primeros años de conciencia y que forma parte de nuestra peruanidad.
Antes de evocarlo, pienso que es necesario reconocer que el valor de la historia no reside en el simple acto de memorizar nombres o fechas, sino en su capacidad para iluminarnos sobre el camino recorrido como sociedad. En ocasiones, una visión reducida puede llevarnos a simplificaciones innecesarias o a afirmaciones que, sin intención, reflejan más desconocimiento que saber. Por eso, más que repetir datos, es preferible acercarnos con respeto y profundidad a figuras como la de Miguel Grau, y detenernos en las lecciones que su vida nos ofrece con generosidad.
De hecho, Grau es aquel sólido paradigma que nos demuestra que el difícil camino terrenal que le toca vivir a cada ser humano es totalmente transitable si nos esforzamos por ser coherentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos en nuestra cotidianidad. Grau nos enseñó que la vocación es más fuerte que el infortunio; que las dificultades de la vida son superables con actos de reflexión, honestidad y sinceridad. Nuestro Gran Almirante nos demostró que el poder es temporal y lo que trasciende es la humanidad, admiración y respeto por el recuerdo de alguien que dejó huella.
Desde los ocho años de edad se embarcó en distintos barcos mercantes para arribar a diversos puertos y retornar al Callao 10 años después. Durante ese tiempo, nuestro marino marinero adquirió no solo competencias náuticas, sino, sobre todo, humanas, que lo llevarían a ser un prohombre de nuestra república. Si detenemos nuestros pensamientos sobre lo que acabo de decir, Grau pasó la niñez tardía, la adolescencia y juventud lejos de la patria que lo vio nacer, rodeado de marineros tanto extraños como variopintos en sus orígenes y escala de valores; sin embargo, ese crisol de cosmovisiones le permitió a Miguel Grau aprender de manera autodidacta a diferenciar entre lo bueno y lo malo.
Su vida estuvo signada por tristezas, dificultades, alegrías, éxitos y aprendizajes que forjaron su personalidad, la cual se refleja en distintos momentos de su vida, ya sea comandando la corbeta Unión en las aguas de Abtao, en el grupo de marinos que defendieron la Constitución y las instituciones de la república, en la comandancia general de la Marina donde fue firme y directo en sus apreciaciones, en el comando del monitor Huáscar defendiendo la soberanía e integridad nacional, en su casa, primero como esposo y luego como padre donde supo tener el tiempo que la familia requiere para que la sociedad continúe reforzándose tanto en la tradición como en la costumbre y valores que le son innatos.
Nuestro gran marino nos legó la enseñanza de que con firmeza, profesionalismo, sobriedad y prudencia podemos ser mejores ciudadanos y, por ende, mejores patriotas.
Hoy, que recordamos un año más de su nacimiento, bien podemos aspirar a ser tanto o mejores que don Miguel Grau; recordemos que él fue tan humano como nosotros y que, siendo de carne y hueso, abrió su camino hacia la inmortalidad. No en vano en la cripta que resguarda sus restos y pertenencias está inscrita en relieve la siguiente frase: “Cadetes navales, seguid su ejemplo”, la misma que podemos proyectar a toda la sociedad peruana.
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