Los resultados de PISA 2025 nos recuerdan la magnitud del desafío educativo del Perú. Más de la mitad de los adolescentes evaluados no logra alcanzar el umbral mínimo de competencias en lectura y ciencias que PISA considera necesario para desenvolverse de manera efectiva en la sociedad actual.
Según los resultados difundidos por el Ministerio de Educación, solo el 42% de los estudiantes peruanos alcanza el nivel 2 o superior en lectura; la cifra en ciencias es del 47% y, en matemáticas, tan solo llega al 30%. Detrás de estas cifras hay jóvenes que tienen dificultades para comprender lo que leen, relacionar ideas, evaluar información o resolver problemas.
Sería un error interpretar estos resultados únicamente desde una perspectiva nacional. PISA 2025 evidencia una caída global de los aprendizajes. Los países de la OCDE registran sus niveles más bajos en lectura y matemáticas, una tendencia anterior a la pandemia que refleja transformaciones más profundas en la educación.
Los celulares, las redes sociales y la inteligencia artificial están cambiando la manera de leer, aprender e integrar información. Nunca ha habido tanto conocimiento disponible y, al mismo tiempo, tanta dificultad para comprender, contrastar fuentes, sostener la atención y pensar críticamente.
Se trata de un desafío complejo, pero es un problema que ya conocemos. La evidencia acumulada por la Unesco en América Latina, a través del Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación, muestra que los mejores aprendizajes se obtienen cuando confluyen simultáneamente al menos cuatro factores: docentes preparados y comprometidos, familias que acompañan el aprendizaje, apoyos para los estudiantes con mayores dificultades y peores resultados e integración de la tecnología con un propósito pedagógico. Sabemos que esta fórmula funciona. El desafío es sostenerla con inversión, escala y, sobre todo, continuidad en el tiempo.
La respuesta es, ante todo, pedagógica y debe situar la equidad en el centro: un enfoque que se apoya en la relación entre docentes y estudiantes –ninguna herramienta digital reemplaza al maestro que despierta curiosidad, enseña a formular preguntas, confronta ideas y ayuda a construir criterio propio– y que garantiza que todos aprendan más y que muchos más alcancen niveles de excelencia, con independencia del origen social, el territorio o la condición económica. Equidad y calidad no son objetivos contrapuestos.
Esta tarea convoca al Estado, los gobiernos regionales y locales, las escuelas, los docentes, las familias, las universidades, las empresas, los medios de comunicación y la sociedad civil. Pocas causas deberían convocarnos tanto como garantizar que todos los niños y adolescentes aprendan.
Hacer de los aprendizajes una causa nacional sería la respuesta más importante a PISA 2025: lo que está en juego no es una posición en un ránking internacional, sino la capacidad del país para formar ciudadanos capaces de comprender el mundo, pensar con autonomía, construir su futuro y cuidar la casa común.