En muchos escenarios, Rafael López Aliaga aparece como el segundo favorito para pasar a segunda vuelta; el primero en centenas de miles de simulaciones probabilísticas es un candidato que hasta ahora no ha despuntado entre el pelotón de los favoritos. Puede ser de izquierda o de derecha, aunque la inercia de la campaña irá estabilizando el voto por una opción que ofrezca una alternativa al líder del pelotón que sería, por ahora, López Aliaga.
El gran reto de López Aliaga es sacarse de la mochila la maldición del líder de encuestas que siempre termina perdiendo una elección. Además, a pesar de que López Aliaga es un candidato tan conocido como Keiko Fujimori, debe preocupar en su cuartel el techo temprano que le ha marcado la campaña, en torno al 10-12% de los votos. Una cosa es comenzar una campaña desde atrás y terminar de agarrar brío en las tres semanas finales de manera frenética, y otra es haber empezado liderando una campaña con un techo tan pequeño. Por esas razones, quizá la misma derecha tenga la oportunidad de ofrecer un rostro menos conocido.
El votante de derecha peruano es bastante leal. Keiko Fujimori sigue liderando en el norte, mientras que López Aliaga lidera con cierta ventaja en Lima. Hay mucha estabilidad en ese votante, por lo que los comandos de campaña más inteligentes han entendido que la batalla final se librará en el sur peruano, donde hay lealtad con las ideas con las que se compite en una campaña, pero sin ningún rostro por ahora.
Quizá López Chau represente ese equilibrio o esa búsqueda de equilibrio en el sur peruano. Por ahora su campaña es más una idea que le cuesta aterrizar tanto por las limitaciones del candidato como por los diferentes flancos débiles que se le han abierto apenas iniciada la campaña. El asunto es que muchos de sus opositores han gastado las municiones más pesadas contra López Chau muy pronto, como si estuvieran urgidos de evitar cualquier despunte que los ponga en situación desventajosa. Si López Chau logra crecer, será por la necesaria estabilidad que toda elección peruana consolida, más que por su carisma y talante.
Pero si no es él, otro candidato emergerá cuando el voto termine de ordenarse, cuando el miedo, el cansancio y la necesidad de equilibrio pesen más que la adhesión. No será necesariamente el más carismático ni el más virtuoso, sino el que encarne mejor esa vieja aspiración peruana a ser contreras, por contradecir al que ocupa más pantalla, al que acapara portadas (para otro día dejamos el posicionamiento descarado de la televisión de señal abierta, porque resulta que el establishment no ha aprendido la lección del 2021 y de los criptoanalistas). Cuando el sistema estrecha el menú, el deseo no desaparece, solo se desplaza. El elector peruano no elige entonces al mejor, sino al que el poder intenta borrar. Vota con las entrañas. Para el peruano, lo censurado por muchos seduce y lo hace más propenso a saltar al vacío.
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