Hay momentos en que las organizaciones internacionales necesitan algo más que continuidad: necesitan capacidad para leer el cambio antes de que este las desborde. La Organización Internacional del Trabajo –OIT– atraviesa uno de esos momentos cruciales: la inteligencia artificial, la automatización, las nuevas formas de contratación, el trabajo en plataformas y la informalidad están transformando la relación entre trabajadores, empresas y gobiernos alrededor del mundo entero. El desafío de una OIT moderna es acompañar esta transformación sin perder su razón de ser: que el progreso económico y tecnológico se traduzca también en oportunidades, productividad y una vida digna. Es en este contexto que considero relevante la candidatura peruana de Javier González-Olaechea Franco a la próxima dirección general de la OIT.
Hay momentos en que las organizaciones internacionales necesitan algo más que continuidad: necesitan capacidad para leer el cambio antes de que este las desborde. La Organización Internacional del Trabajo –OIT– atraviesa uno de esos momentos cruciales: la inteligencia artificial, la automatización, las nuevas formas de contratación, el trabajo en plataformas y la informalidad están transformando la relación entre trabajadores, empresas y gobiernos alrededor del mundo entero. El desafío de una OIT moderna es acompañar esta transformación sin perder su razón de ser: que el progreso económico y tecnológico se traduzca también en oportunidades, productividad y una vida digna. Es en este contexto que considero relevante la candidatura peruana de Javier González-Olaechea Franco a la próxima dirección general de la OIT.
Cuando ejercí la presidencia de Confiep, entre el 2019 y el 2021, tuve la oportunidad de participar en diversos espacios de la OIT en representación de los empleadores. Conozco ese espacio, su lógica tripartita y la complejidad de construir acuerdos entre gobiernos, trabajadores y empleadores. Por eso, me interesa preguntarme qué liderazgo necesita hoy la OIT. A mi entender, necesita ser una organización más ágil, conectada con la realidad laboral y empresarial y capaz de anticipar tendencias; una institución que use mejor la tecnología y los datos, fortalezca las capacidades para los nuevos empleos y contribuya a cerrar la brecha de la informalidad. También necesita velocidad. Las transformaciones del mercado laboral no esperan los tiempos de las instituciones. La OIT debe convocar, experimentar, medir resultados y ampliar aquello que funciona, sin renunciar a la protección de derechos ni al diálogo social que constituye su esencia.
En ese escenario, la experiencia internacional y diplomática de González-Olaechea, su conocimiento previo de la OIT, su calidad y su recorrido en el servicio público internacional pueden ser activos relevantes, no porque una trayectoria garantice por sí misma una buena gestión –ninguna lo hace–, sino porque ofrece herramientas para conciliar visiones distintas y acelerar la capacidad de respuesta. La discusión debería centrarse en qué OIT queremos para las próximas décadas. Desde esa perspectiva, creo que la candidatura peruana merece ser considerada con mucha seriedad. El verdadero éxito de quien llegue a Ginebra no estará en administrar mejor la OIT de ayer, sino en ayudar a construir la OIT que el mundo del trabajo necesitará mañana.