"Sería irresponsable, casi inmoral, asumir que se pueden preservar las estructuras (que, por cierto, dejaron de funcionar incluso para nosotros) o dejar la tarea a las próximas generaciones". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Sería irresponsable, casi inmoral, asumir que se pueden preservar las estructuras (que, por cierto, dejaron de funcionar incluso para nosotros) o dejar la tarea a las próximas generaciones". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Durante las próximas tres décadas, el mundo transitará por cambios inimaginables y estos estarán guiados por tres megatendencias.

En primer lugar, la demográfica. De 7.200 millones de personas en el mundo pasaremos a 9.700 millones. Este incremento se producirá principalmente en África y Asia, y generará una presión de tal magnitud en diferentes ejes (económicos, políticos, sociales, culturales y otros) que pondrá a prueba nuestra estructura y sostenibilidad. Las megaciudades, áreas metropolitanas con más de 10 millones de habitantes, pasarán de 36 a cerca de 120, disparando la complejidad de la convivencia de miles de millones de personas (la conurbación de Cantón en China hoy alberga a 48 millones).

En segundo lugar, la tecnológica. La ley de Moore –planteada en 1965– sostiene que cada dos años se duplicará la capacidad de los transistores. Esta se ha mantenido incólume hasta el día de hoy. En el ínterin, se ha multiplicado por cerca de 10 millones dicha capacidad; más aún, la misma se ha adaptado a otros elementos tecnológicos. No obstante, por el increíble crecimiento de la capacidad tecnológica, debido al carácter exponencial del incremento, lo que veremos en los próximos 30 años es inconcebible en magnitud, ya que la computación cuántica pulverizará la dichosa ley. Los avances en robótica, automatización e inteligencia artificial, por nombrar solo algunos, destruirán trabajos, negocios, estilos de vida, de educación y actividades de toda índole.

En tercer lugar, la medioambiental. Dos factores serán críticos: por un lado, el calentamiento global (se estima una elevación de la temperatura por encima de los 1,5 °C). Por el otro, la desaparición de biodiversidad y ecosistemas. La presión sobre la energía, el acceso al agua, a alimentos y a calidad de aire, constituirán un reto difícil de imaginar.

Dichas megatendencias traerán consigo cambios en múltiples áreas y en distintos órdenes. Se estima que la economía global crecerá a un ritmo promedio del 3%, lo que significa que la producción global pasará de los US$84 billones actuales a los US$185 billones (en valores actuales). Seremos un mundo de clase media. Por supuesto, esto asegurará una gran demanda por materias primas, bienes y servicios; sin embargo, es difícil estimar cuáles materias primas, bienes y servicios. Es imprescindible investigar y prepararse para los bienes sustitutos. La innovación y el avance acelerado de la tecnología hacen difícil estimar cuáles sectores e industrias seguirán vigentes, bajo qué modelos de negocio, formatos, etc.

Todo ello nos debe llevar a una seria reflexión y a una alerta general por realizar reformas que nos permitan ponernos al día con las demandas que dicho futuro representa. Que el mundo crezca al 3% no significa que ese será el piso asegurado para una economía pequeña y de baja productividad como la nuestra. La lejanía de la frontera tecnológica determinará si nuestra realidad estará en el 1% u 8% de crecimiento.

Sería irresponsable, casi inmoral, asumir que se pueden preservar las estructuras (que, por cierto, dejaron de funcionar incluso para nosotros) o dejar la tarea a las próximas generaciones. Hoy, más que nunca, se pueden estudiar y prever las reformas requeridas para cumplir parte de los retos venideros. Las élites políticas, económicas y sociales deben asumir el reto.