Mexico/ OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.
Siria y el arte del pragmatismo absoluto
“Nunca sabremos si Al-Sharaa es un terrorista reformado o un político cínico que aprendió a sobrevivir, un pragmatista absoluto”.

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

El célebre yihadista sirio Abu Mohammad al-Jolani era un fantasma en las listas de inteligencia occidentales. Líder del Frente al-Nusra –rama siria de Al-Qaeda–, exmiembro de la facción de Al-Qaeda que luego se convirtió en ISIS, y antiguo asociado del califa Abu Bakr al-Baghdadi, el señor Al-Jolani tenía una recompensa de US$10 millones por su cabeza hasta hace unos meses.
El célebre yihadista sirio Abu Mohammad al-Jolani era un fantasma en las listas de inteligencia occidentales. Líder del Frente al-Nusra –rama siria de Al-Qaeda–, exmiembro de la facción de Al-Qaeda que luego se convirtió en ISIS, y antiguo asociado del califa Abu Bakr al-Baghdadi, el señor Al-Jolani tenía una recompensa de US$10 millones por su cabeza hasta hace unos meses.
Hoy, el exdirigente del grupo terrorista que llevó a cabo el 11 de setiembre acaba de ser recibido en Nueva York como jefe del Estado, ha jugado básquet con generales gringos de cuatro estrellas y ha hecho su entrada triunfal a la Casa Blanca para estrechar la mano de Donald Trump. Al-Jolani ya no viste con túnicas ni preside sobre un territorio rebelde con Ley Sharia; ahora es el flamante presidente de Siria y se le conoce como Ahmed Al-Sharaa, su nombre real. Lo que parece un insulto al pueblo estadounidense y una hipocresía flagrante es, en realidad, una lección magistral de realpolitik, tanto de Al-Sharaa como de Trump: Washington ha decidido mirar hacia adelante, convencido de que apoyarlo es la única forma realista de garantizar estabilidad en Siria y en toda la región.
Catorce años de guerra civil convirtieron a Siria en una ruina, un barril de pólvora y una exportadora de refugiados. Al-Sharaa ofrece ahora una posibilidad de paz duradera. Su gobierno, autoritario pero funcional, ha devuelto un mínimo de orden a un país sin instituciones. No hay otro actor con el poder ni la legitimidad para mantenerlo unido. Sus gestos y promesas de respetar la diversidad religiosa, proteger a minorías y no imponer un código islámico rígido le han ganado el beneficio de la duda. Los pocos estallidos violentos recientes fueron sofocados con rapidez. En la Siria de hoy, eso ya cuenta como progreso.
Para Estados Unidos, la ecuación es simple: estabilidad significa menos gasto, menos refugiados y menos terrorismo. Una Siria funcional reduce en especial tensiones en Irak, Líbano e Israel. Al-Sharaa, ahora enemigo declarado de ISIS, se convierte en un aliado útil para Trump: combate al mismo enemigo sin que Estados Unidos envíe tropas. La coordinación cercana entre Damasco y el Pentágono, antes impensable, hace mucho más eficiente la lucha contra los remanentes de ISIS. Al día siguiente de la visita de Al-Sharaa a la Casa Blanca, hubo 61 redadas contra células de ISIS en toda Siria, donde arrestaron a decenas de terroristas y decomisaron armas; muchas de estas fueron hechas de forma conjunta con EE.UU.
Al-Sharaa, además, está terminando de negociar con las milicias kurdas de la SDF –antiguos aliados de Washington– un acuerdo para integrarlas al ejército sirio. Si lo logra, Siria dejará de estar partida en dos por el río Éufrates. Turquía, la auspiciadora inicial de Al-Sharaa, observa con alivio cómo los kurdos de Siria se reintegran al Estado, su frontera sur se estabiliza, los refugiados vuelven, y comienza a retirar tropas en el norte de Siria que le cuestan un ojo de la cara. Europa es la más contenta con un Siria reconstruida y en paz, ya que eso incentiva el retorno de cientos de miles de refugiados, aliviando una de las crisis más tóxicas de su política interna.
El pragmatismo se impone incluso entre enemigos. Israel, que ayudó indirectamente a derrocar a Assad al desmantelar a Hezbollah –su gran protector–, ve con buenos ojos que Al-Sharaa haya cortado las rutas de armas entre Irán y Líbano. Aunque Netanyahu continúa ocupando algunos kilómetros de territorio sirio por precaución, y bombardea posiciones sirias cada vez que se le ocurre, la posibilidad de un diálogo secreto ya se asoma. Trump sueña con sumar a Siria a los Acuerdos de Abraham que normalizan relaciones entre Israel y países árabes, y Al-Sharaa no lo ha descartado para un futuro. Líbano también gana: el golpe a Hezbollah por la caída de Assad ha debilitado tanto al grupo chiita que el Estado Libanés ya está exigiendo su desarme total. Hasta Rusia –principal némesis de Al-Sharaa durante la guerra– está contenta porque les está dejando conservar sus dos bases, e incluso ha visitado el Kremlin para tomarse cafecitos con Putin.
En menos de un año, Al-Sharaa ha transformado la guerra siria –antes una disputa por proxy entre potencias– en una red de conveniencias y amistades que incluye a Estados Unidos, Rusia, Europa, Turquía, Arabia Saudita y hasta posiblemente Israel en progreso. Solo Irán e ISIS quedan fuera. Ahmed Al-Sharaa ha sabido caerle bien a todo el mundo, y ha tejido una red de alianzas interna y externa que demuestran que sabe jugar al ajedrez de cuatro dimensiones de una manera espectacular.
Trump, siempre transaccional, ha levantado sanciones, restituido canales diplomáticos y retirado la designación de “terrorista” que pesaba sobre el sirio sin exigir mayores condiciones. La lógica es brutalmente simple: si el bienestar del pueblo sirio, de Israel y de la región depende de Al-Sharaa, derribarlo sería una irresponsabilidad. Ha acertado en que EE.UU. simplemente debe salirse del camino y dejar de ser un obstáculo. El trabajo de hacer seguimiento a la transición democrática de Siria caería así sobre los hombros de los países de la región. Washington ya ha fracasado al tratar de imponer democracia desde fuera.
El mundo está borrando el pasado de Al-Sharaa para apostar por su presente y futuro. El exterrorista, ahora de terno y corbata y con un discurso moderado, se presenta como el hombre indispensable del momento. No obstante, en sus múltiples entrevistas con medios occidentales evita inteligentemente mostrarse arrepentido por dicho pasado, pues la mayoría de los soldados que lo mantienen en el poder son también exyihadistas.
Nunca sabremos si Al-Sharaa es un terrorista reformado o un político cínico que aprendió a sobrevivir, un pragmatista absoluto. Uno que se ha adaptado a tener que asociarse con Dios y con el diablo para lograr tres objetivos en su vida que a todas luces han sido nobles: combatir la invasión injustificada de Irak, derrocar al dictador Assad y ahora traer paz y prosperidad a su país. Lo cierto es que, por primera vez en década y media, Siria no está en guerra. El país respira, sus vecinos descansan y el mundo acepta que a veces la paz necesita de aliados imperfectos.












