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Solo para llegar al poder
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El calendario político peruano guarda algunas ironías. Hoy, más de 40 partidos están habilitados para participar en las elecciones generales de abril del 2026. La mayoría no pasará la valla electoral y, según la norma, perderán su inscripción. Pero esa extinción recién se hará efectiva desde el 1 de enero del 2027.

Hasta entonces, esos partidos seguirán en el registro, lo que les permitiría participar también en las elecciones regionales y municipales de octubre del 2026.

Y ahí aparece la paradoja: el 1 de enero del 2027 podría ser, al mismo tiempo, el día en que varios partidos desaparezcan del registro por no haber pasado la valla en abril, y el día en que asuman el cargo gobernadores y alcaldes elegidos en octubre bajo esas mismas siglas. En otras palabras, autoridades que empiezan a gobernar con partidos que legalmente mueren justo en el instante en que ellos comienzan su gestión: el retrato más nítido de organizaciones políticas que sirven solo para llegar al poder, no para gobernar.

¿Para qué sirven, entonces, los partidos en el Perú? En papel, para representar, formar cuadros, organizar el poder y todo lo que nos dice la teoría. En la práctica, demasiados funcionan apenas como vehículos que aparecen en campaña y desaparecen con la misma rapidez, sin dejar militancia, memoria ni huella política alguna.

La crítica más dura contra ellos se topa con una realidad incómoda: los pocos partidos que pasan la valla son, con todas sus falencias, los únicos que logran sobrevivir a las reglas del sistema.

Nos quejamos –y con razón– de los que hoy vemos en el Congreso: muchos partidos son débiles e ideológicamente inconsistentes. Pero son, al mismo tiempo, los únicos que logran mantenerse en pie. Y por eso seguiremos viendo a varios de los mismos en el 2026 y después: porque, con todas sus falencias, son los únicos que tienen algo de estructura, los únicos que son –en el sentido más literal– partidos políticos.

Lo que revela esta paradoja es un círculo vicioso: abundancia de siglas, poca institucionalización. La política peruana sigue siendo más de personas que de organizaciones, y por eso los pocos que sobreviven son los mismos de siempre. El acto electoral, sin partidos sólidos, se convierte casi en un ritual vacío, sostenido por golpes del azar y rostros que supieron hacerse recordar.

Tal vez esa sea la alerta: o repensamos qué significa tener partidos o nos quedamos en lo mismo de siempre, con cascarones que se quiebran apenas pisan el poder.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Macarena Costa Checa es politóloga

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