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Ajustemos las expectativas, por Juan José Garrido Koechlin

“Lo que prima, en las necesidades de Vizcarra, es la lucha por la sobrevivencia política”.

Juan José Garrido Koechlin Director periodístico de El Comercio

Martín Vizcarra

“Cuando dejemos de ver la política como un espejismo de parabienes y empecemos a auscultarla bajo el prisma de los incentivos e intereses particulares, tal vez entendamos mejor por qué estamos así”. (Foto: USI).

En las últimas semanas hemos rotulado, en esta columna, la actual situación político-económica como ‘cercana a la parálisis’. La respuesta a esta sombría coyuntura se explica, en mi opinión, en la imposibilidad del presidente Martín Vizcarra de centrarse en las tareas administrativas y de gobierno cuando lo que prima, en sus necesidades, es la lucha por la sobrevivencia política: no tiene sentido preocuparse por temas administrativos cuando la cabeza pende de un hilo. Es lo que la coyuntura demanda y sería ingenuo pretender otra actitud en consecuencia.

Para muchos, esta situación se resolvería si tan solo los líderes políticos pusieran al país y a los intereses ciudadanos por delante de sus ambiciones personales. Una visión ‘aristotélica’ de la política y del uso del poder. Aristóteles, antes de desarrollar su filosofía política, se concentró primero en la ética y en la necesidad de la virtud para implantar justicia y administrar el poder. La política debía, por lo tanto, sostenerse en la ética y subordinarse a ella. Dice en “Ética a Nicómaco”: “El bien supremo es el fin de la política y esta pone el máximo empeño en hacer a los ciudadanos de una cierta cualidad y buenos e inclinados a practicar el bien”. Es el paradigma con el que se guía la mayoría de ciudadanos, y la principal razón por la que se encuentran insatisfechos con la democracia y sus instituciones.

Y es que, aunque ello suene correcto, incluso plausible, lamentablemente constatamos una y otra vez, aquí y en otras partes, que el uso del poder político va mucho más allá del bien común, más aún de la formación de hombres virtuosos y felices. Tuvieron que pasar muchos siglos para que otro entendido planteara la relación existente entre el poder, la política y la naturaleza humana. A diferencia de Aristóteles, Nicolás Maquiavelo consideraba que la política se trata, en simple, de la adquisición y el uso del poder. Es decir, no interesa el bien común, ni la organización o el uso de los recursos públicos, mientras esté bien ejercido el poder. La política se entendería mejor, entonces, en términos de lo que le conviene al gobernante y no a los gobernados.

Pero incluso esta definición, cruda y realista, se queda corta en comparación con lo que constatamos a diario. Y es que, como bien dice Bueno de Mesquita, la mayoría de las veces son justamente las prácticas políticas más nefastas aquellas que mejor reditúan al gobernante; es decir, ya no es solo una cuestión de qué le conviene al gobernante para mantenerse en el poder, sino de que el uso del poder –en tanto dirigido a conseguirlo o preservarlo– la mayoría de las veces clama por un uso abusivo, incluso corrupto, del mismo.

Garantizar la supervivencia política depende del seguimiento de reglas básicas, ninguna de ellas asociada a la felicidad y el buen uso de los recursos, menos aún al bien común. Se trata, en simple, de cómo el gobernante articula su soporte político, cómo mantiene lealtades, y de cómo estructura las cuentas fiscales de tal forma que se pueda mantener en el cargo.

Cuando dejemos de ver la política como un espejismo de parabienes y empecemos a auscultarla bajo el prisma de los incentivos e intereses particulares, tal vez entendamos mejor por qué estamos así y ajustemos nuestras expectativas a lo que en realidad debemos esperar.

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