Anoche, varios candidatos que todavía no lo habían hecho cerraron sus campañas con actividades en distintos puntos de Lima y el interior del país. A partir de hoy, ya no podrá realizarse actividad proselitista alguna y en los dos días que restan hasta los comicios viviremos un interregno electoral que debería servir para que los ciudadanos reflexionemos sobre el sentido de nuestro voto.
Como parte de esas reflexiones, desde este Diario, queremos invocar a los ciudadanos a que hagan un uso efectivo de la herramienta que la democracia les otorga, sin distinción de clase o lugar de origen, para poder definir el rumbo que tomará el país en los próximos cinco años. Esto es: que voten, por la opción con la que realmente se sienten identificados o por la que les parezca menos mala, pero que lo hagan. Y que no dejen escapar el gran poder que tienen entre manos votando en blanco o viciado.
No ignoramos que, en una democracia, no apoyar ninguna opción es una postura legítima. Sin embargo, en la práctica, genera muchísimos problemas. Para comenzar, reduce el universo de votos válidos, lo que significa que quienes terminen pasando a segunda vuelta lo harán con un porcentaje marcadamente mayor del que realmente tienen. En el 2021, por ejemplo, un 19% de los peruanos que votaron no escogió a ninguna opción presidencial. En aquella elección, Pedro Castillo y Keiko Fujimori pasaron al balotaje con el 19% y el 13% de los votos válidos (es decir, casi un tercio del total); sin embargo, considerando todos los votos emitidos, el porcentaje de ambos, sumados, fue de apenas 26% (un cuarto del electorado), lo que da una imagen más precisa del poco interés que dichas opciones suscitaban entre los votantes.
Este problema se agrava en lo que respecta al voto parlamentario. Hace cinco años, el 27% de quienes votaron para el Congreso vició su voto o votó en blanco. Esto redujo considerablemente el universo de votos y, en consecuencia, partidos que no hubiesen pasado la valla terminaron haciéndolo. Como sabemos, que un partido pase la valla no solo significa que conservará su inscripción, sino también que logrará una importante cuota de poder (incluso mayor de la que debería) y que recibirá millones en financiamiento público en los próximos años.
Según la última encuesta de Datum publicada en este Diario el último domingo, un 8% de electores pensaba viciar su voto o votar en blanco, un porcentaje suficiente para definir el destino de las elecciones. No está de más recordarles que, al hacerlo, no estarán haciendo otra cosa que cediéndoles a otros el poder para decidir sobre el futuro del país. Entre 35 candidatos presidenciales, de todas las tendencias y posturas, es prácticamente imposible que no haya alguno que les resulte mínimamente endosable. Quizás les falta más información para decidirse; afortunadamente, aún tienen dos días para hacerlo.