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Ilustración: Composición GEC
La escena parece sacada de una novela de Lewis Carroll. Pero no de “Alicia en el país de las maravillas”, sino de “Alicia a través del espejo”, porque aquí hay harta vanidad comprometida. Intervienen en la escena Humpty Dumpty y los gemelos Tweedledum y Tweedledee, o una versión criolla de todos ellos. Esos tres personajes aparecen efectivamente en la obra mencionada, publicada en 1872, aunque su origen se remonta a rimas infantiles bastante más antiguas. De Humpty Dumpty se nos cuenta que estaba un día sentado en un muro y tuvo una gran caída, tras la cual ni los caballos ni los hombres del rey pudieron recomponerlo. De los gemelos, por otra parte, se nos dice que se enredaban habitualmente en discursos que subvertían la lógica elemental y que, aunque podían fingir estar en desacuerdo, eran siempre el uno reflejo del otro. ¿Quién es quién en este remedo involuntario de lo que alguna vez Carroll y otros autores británicos imaginaron? Adivínelo usted.
La escena parece sacada de una novela de Lewis Carroll. Pero no de “Alicia en el país de las maravillas”, sino de “Alicia a través del espejo”, porque aquí hay harta vanidad comprometida. Intervienen en la escena Humpty Dumpty y los gemelos Tweedledum y Tweedledee, o una versión criolla de todos ellos. Esos tres personajes aparecen efectivamente en la obra mencionada, publicada en 1872, aunque su origen se remonta a rimas infantiles bastante más antiguas. De Humpty Dumpty se nos cuenta que estaba un día sentado en un muro y tuvo una gran caída, tras la cual ni los caballos ni los hombres del rey pudieron recomponerlo. De los gemelos, por otra parte, se nos dice que se enredaban habitualmente en discursos que subvertían la lógica elemental y que, aunque podían fingir estar en desacuerdo, eran siempre el uno reflejo del otro. ¿Quién es quién en este remedo involuntario de lo que alguna vez Carroll y otros autores británicos imaginaron? Adivínelo usted.
Ilustración: Composición GEC
En un comunicado divulgado al día siguiente de su frustrado estreno como premier, Hernando de Soto aseveró: “Todos fuimos engañados y yo fui el primero”. Una sentencia en la que solo la segunda parte daría la impresión de ser cierta. Para cualquiera que conociese la historia de Balcázar y hubiese estado atento a la forma en que llegó a la presidencia, el embeleco era distinguible a la legua. Para detectarlo, bastaba hacerse dos preguntas. La primera: ¿qué tan confiable podía ser la palabra de un individuo removido años atrás de la Corte Suprema por haber vulnerado la cosa juzgada y con un juicio pendiente por la presunta apropiación ilícita de fondos del Colegio de Abogados de Lambayeque? Y la segunda: ¿de dónde provinieron los votos que lo llevaron a Palacio y a cambio de qué fueron ofrendados?
−El fenómeno del Nonno−
Una respuesta honesta a esas dos interrogantes habría llevado al menos zahorí de los observadores políticos a, por lo menos, dudar de que el nombramiento prometido se materializase. De Soto, sin embargo, amaneció a esa ingrata realidad mucho después del desayuno del martes. La circunstancia de que no le contestara las llamadas a uno de los fulanos que terminaron trayéndoselo abajo con fajín y todo sugiere que algo maliciaba. Pero, al parecer, creyó que a él nadie se atrevería a desembarcarlo por motivos tan ordinarios como los que vienen asociados al cobro de cupos ministeriales por parte de quienes con sus votos encumbraron a Balcázar en el poder… Como se sabe, acabó viendo la juramentación por televisión.
No es esta, además, la primera vez que De Soto se tima solo. Le ocurrió también durante su efímero paso por Progresemos, cuando decidió creerle a Paul Jaimes que su firma en un papel lo convertiría automáticamente en el candidato presidencial del partido. Esa vez acabó acariciando a su mascota “Poli”, mientras se internaba en elaboraciones abstrusas sobre el vuelco del destino que había interrumpido su marcha victoriosa hacia la Casa de Pizarro.
¿Qué es lo que provocó ahora el candor del economista? Hay quienes piensan que fue un fenómeno relacionado con la edad. No tanto por algún desajuste cognitivo, cuanto por el hecho de que esta oportunidad lucía como el “last train to London” que no podía dejar de tomar. Otros especulan que fue enceguecido por la soberbia o que sencillamente quería borrar de la memoria reciente de los peruanos las escarnecedoras menciones a él en los archivos del caso Epstein. Quién sabe. Todo es posible en la dimensión desubicada. Pero, de cualquier forma, la actitud que definitivamente tiene que abandonar es la de andar confundiendo sus personalísimas percepciones con las de todos.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.