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La congresista inexistente, por Mario Ghibellini

A lo mejor la señora Ponce es solo una pesadilla.

Mario Ghibellini 14 de abril (Somos)

(Ilustración: Mónica González).

Ilustración: Mónica González.

Nadie la vio embarcarse en el proyecto político de Fuerza Popular, como nadie la había visto, años antes, matricularse en cierto colegio del que hablaba su hoja de vida. Keiko Fujimori, por otra parte, asegura que jamás le ordenó abandonar sus esfuerzos para impulsar el proyecto de irrigación Chinecas (como ella afirmaba en un audio divulgado el año pasado) y resulta que los profesores y compañeros de clase que enumeró en su afán de adquirir materialidad sencillamente nunca fueron tales. En realidad –utilizamos este giro conscientes del riesgo que entraña hacerlo en este caso–, no es descabellado postular que quizás la congresista Yesenia Ponce no exista.

Comisión de metafísica

La reciente renuncia del legislador Juan Carlos Gonzales a la presidencia de la Comisión de Ética –que acaba de archivar uno de los diversos asuntos relacionados con la señora Ponce que allí se ventilan– ha causado suspicacia en algunos sectores de la opinión pública. Semejante reacción, sin embargo, es injusta, pues las tareas que les habían encomendado a él y a sus colegas deberían corresponder más bien a una Comisión de Metafísica.

Pensemos por un momento: ¿Cómo puede una comisión de Ética lidiar con el caso de una congresista que en su hoja de vida anotó que había terminado secundaria en el colegio Luis Fabio Xammar de Huacho y fue luego desmentida por un certificado de esa institución en el que se indicaba que solo había estudiado ahí hasta 3° de Media; y que, lejos de rendirse, sostuvo luego que había culminado 4° y 5° en el colegio Niño de Belén de Villa María del Triunfo, a pesar de que en los años en los que tal cosa supuestamente había ocurrido (1995 y 1996), este no tenía autorización para enseñar en ese nivel? ¿Cómo podrían Gonzales y sus compañeros, además, enfrentar la desconcertante circunstancia de que, finalmente, las actas de los presuntos estudios de la legisladora aparecieran firmadas por el colegio Mariscal Toribio de Luzuriaga de Puente Piedra y, poco después, emergiera, en medio de esa bruma, el ‘voucher’ de un depósito de S/10.000 a Daniel Soto Rivera, director de esa institución educativa y poseedor del insólito poder de emitir certificados a nombre de otra? ¿Con qué aparato teórico, por último, podría ese puñado de esforzados legisladores hacerse cargo de la revelación de que los hipotéticos condiscípulos que aparecen en las actas de 4° y 5° de secundaria de la señora Ponce no existen en el registro de la Reniec y los ‘profesores’ que supuestamente la evaluaron nunca ejercieron la docencia? ¡Imposible! Cualquier persona razonable en los zapatos de Gonzales también habría renunciado. Y si algo llama la atención, a decir verdad, es que el resto de la comisión no haya seguido sus pasos.

Por su formación, por su relación con la verdad y por su noción de lealtad, la señora Ponce parece una versión paradigmática de los congresistas que tenemos. De ahí que se nos ocurra que, a lo mejor, no existe. Porque es tan –digamos– perfecta, que se diría producto de un sueño. O, más bien, de una pesadilla. Y ya los grandes maestros de la literatura, como Borges o Lewis Carroll, nos han advertido de lo convincentes que pueden resultar esos simulacros.

Felizmente, sin embargo, se preocuparon también de hacernos saber que lo único que tenemos que hacer para que desaparezcan es despertarnos.

Esta columna fue publicada el 14 de abril del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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