El camino a la excelencia lo construyen los inconformes. Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
El camino a la excelencia lo construyen los inconformes. Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Luciana Olivares

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Aunque nos cueste admitirlo, somos una sociedad a la que no le gusta ser frontal. Preferimos el limbo del ‘quizás’, la esperanza viva del ‘déjame revisarlo’, el cumplido fácil versus la crítica. Esta situación no solo se presenta en nuestra vida personal, en la que preferimos mirar al lado para no hacer sentir mal al otro, ni quedar mal nosotros. No decirle la verdad al de al lado, así duela, es privarlo de poder crecer y evolucionar. Preferimos evitarnos un momento incómodo, escudados en esta verdad a medias: “No es de mi incumbencia”. Preferimos sentarnos cómodamente en el sillón de lo políticamente correcto porque criticar, así sea con fundamento, opinar distinto, corregir con argumento, puede llevar a que uno sea tildado de agresivo, conflictivo o de mala educación.

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Sin duda, es más fácil ponerle like a la foto de un amigo que darle una crítica constructiva. Pero en el mundo laboral tampoco estamos muy dispuestos a cuestionar. Nos aterra ser señalados como el antipático, el negativo, el inconforme, el impopular ‘pinchaglobos’. Pareciera que las corporaciones nos tienen seteados para asentir rapidito, así no estemos de acuerdo, y para no levantar la mano con preguntas incómodas.

En el mundo profesional, confundimos muchas veces al cuestionador con el conflictivo o, peor aún, la discrepancia con la falta de trabajo en equipo y la crítica honesta con falta de empatía. Eso, lamentablemente, nos lleva a resultados y organizaciones chatas, mediocres, complacientes. Porque la excelencia, la disrupción y la innovación son el resultado de procesos incómodos, duros y llenos de contrapuntos. Para muestra, una manzana: Apple, la compañía más innovadora del mundo, tiene nueve reglas no escritas para la simplicidad. Estas reglas comienzan con el hecho de que hay 1.000 “no” por cada “sí”.

Hay tres situaciones ‘pinchaglobos’ que quiero compartir hoy. La primera es la historia de Sebastián, un brillante y dedicado alumno de publicidad obsesionado con la gramática y la buena redacción, solo que, bueno, cuando lo conocí, él aún no lo sabía. Tengo por costumbre publicar en mis historias de Instagram frases extraídas de algunas de mis columnas o resultado de algún momento de inspiración. Y si bien recibo mucho cariño expresado con corazones y palmas producto de los más entusiastas emojis, había una persona que con cierta frecuencia me enviaba el mismo texto pero con correcciones. Lo hacía con mucho respeto pero con la franqueza y autoridad de la Real Academia. Tengo que admitir que no saltaba en una pata cuando recibía sus mensajes, pero en vez de incomodarme por su atrevimiento, me gustó. Así que no solo le agradecí y apliqué sus cambios sugeridos: le pedí que me contara sobre él. El intercambio de mensajes no quedó allí, tuvimos un Zoom para conocernos, ver sus trabajos en la universidad y hoy no solo lleva un mes practicando en mi agencia de publicidad, sino que acaba de lanzar ‘Lengua larga’, nuestra primera revista dirigida a todo el equipo que trabaja con nosotros.

Pero si Sebas fue ‘pinchaglobo’ conmigo, yo también lo fui en una importante reunión con una potencial cliente. Recuerdo que éramos la última agencia en presentar y ella, una mujer muy ocupada, estaba con los ojos en su teléfono, seguramente resolviendo alguna crisis. Pero cuando mi presentación comenzó cuestionando el pedido para el que nos había convocado y explicando las razones por las cuales no iba a funcionar, así contrate a los X-men, llamé su atención. Ser honesta con el problema y no dorarle la píldora para ganar la cuenta no nos hizo ganar solo una cuenta, sino a una cliente que hasta hoy nos recomienda en todos los foros.

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Pero si de ‘pinchaglobos’ se trata, no puedo dejar de mencionar a Rafaella, mi editora. No voy a describir todas sus virtudes, para que no me las edite. Solo diré que ella no me puso el sticker de estrellita sobre la frente que yo esperaba. Por el contrario, alguna vez me hizo una crítica dura, y eso fue el mayor aliciente para tratar de escribir mejor en esta columna cada sábado.

Los buenos ‘pinchaglobos’ nos quitan el aire que solo nos infla artificialmente, y nos regalan la oportunidad de tomar aire nuevo para volar más alto. //