Pedro Canelo


Para vivir sus días más felices en la selección peruana, Raúl Ruidíaz siempre tuvo que preguntar la hora. Una semana antes de anotar el gol más largo durante el proceso de Ricardo Gareca con la selección peruana, la ‘Pulga’ se acercó a un grupo de periodistas en la puerta del hotel Westin de Seattle. En aquella concentración de 30 días en Estados Unidos, se construyó la base para los nuevos tiempos en el equipo bicolor, que clasificó a Rusia 2018. Los horarios eran más rígidos y los permisos casi nulos; la idea de Gareca era renovar el plantel e instaurar una nueva idea de compromiso y disciplina. Perú le había ganado 1-0 a Haití en su debut por la Copa América Centenario y al día siguiente tocaba descanso. El ‘Tigre’ les pidió a sus dirigidos que vuelvan antes de las cuatro de la tarde para una charla técnica. Con bolsas de ropa que había comprado en un centro comercial, Ruidíaz se dirigió hacia los reporteros y algo nervioso consultó: “¿Ya son las 4?”. Eran las 3:58 de la tarde de un 5 de junio del 2016. Faltaban siete días para que este delantero vuelva a contar, con el corazón en la mano, el paso de cada milésima de segundo.

¿Cuántos gritos de gol pueden durar más de un minuto? Esa euforia extendida solo puede desatarse con esas anotaciones en tiempos de descuento. Como aquellos goles de oro de los franceses –Blanc ante Paraguay en el Mundial 98 o Trezeguet en el arco italiano por la Euro del 2000– o ese penal de Salah que clasificó a Egipto a un Mundial después de 28 años –minuto 95 ante el Congo–, y no olvidemos ese contragolpe del Watford para eliminar al Leicester en los play off de ascenso en Inglaterra (2013). La corrida de Andy Polo, la noche del 12 de junio del 2016, comenzó en el minuto 74; la anotación de Raúl Ruidíaz se registró a los 75’; sin embargo, se hizo oficial 240 segundos después.

El fixture de la Copa América Centenario hizo que la selección peruana arranque la competencia en Seattle con sus climas templados, luego viajó a Phoenix y sus 40 grados de temperatura (Perú igualó 2-2 frente a Ecuador en un estadio techado), hasta cerrar la etapa en Boston. A pesar de haber sumado cuatro puntos, la diferencia de goles –Ecuador había goleado 4-0 a Haití–, obligaba a buscar la victoria ante Brasil. La capital de Massachusetts nos recibía con vientos fuertes y con mucha gente con prendas deportivas por las vías pea- tonales. El atentado en su emblemática maratón del 2013 no apagó en esta ciudad las ganas de correr.

En los encuentros previos por el Grupo B de la copa, Brasil había igualado 0-0 con Ecuador y goleado 7-1 a Haití. A los dirigidos aún por Dunga les bastaba un empate con Perú para clasificar. La responsabilidad recaía en ese nuevo grupo que Gareca había formado luego de algunos actos de indisciplina, y de acumular malos resultados en la primera parte de las Eliminatorias para el Mundial de Rusia. La sede de esta definición por el pase a octavos era el Gillette Stadium de Fóxboro, a unos 40 kilómetros de Boston. Ese 12 de junio del 2016 amaneció con algo de frío a pesar del verano. La selección peruana tuvo más de una charla técnica emotiva para calentar esa sangre.

Luego del almuerzo en el hotel Westin de Boston, quien tomó la palabra fue el psicólogo de la selección, Marcelo Márquez, una de las principales columnas de apoyo de la selección en su clasificación mundialista. “Una de las cosas que más nos repetía Marcelo era que nunca dejemos solo a un compañero. Sobre todo, en el caso de una lesión o alguna injusticia arbitral”, recuerda Christian Ramos, zaguero mundialista. Para ganarle a Brasil no bastaba con un buen esquema o alguna inspiración. Tocaba exhibir toda la fortaleza mental y escribir una página tan histórica como imborrable.

FÓXBORO: Frío como el viento
Hasta Boston llegaron entre cuatro a cinco mil hinchas peruanos. Raúl Ruidíaz, dentro del equipo, mantenía sus funciones como suplente natural de Paolo Guerrero. A pesar de la necesidad de sumar tres puntos, Gareca fue cauteloso al momento de enviar su once inicial con un solo hombre de punta (Paolo). Con el empate sin goles, Perú quedaba eliminado de la Copa América Centenario. Pasaban los minutos, la presión crecía y la temperatura bajaba.

El enorme marcador electrónico y el termómetro nos decían que estábamos bajo cero. Para la última media hora, Gareca decidió el ingreso de Ruidíaz por Flores. El reloj marcaba las nueve de la no- che en Fóxboro, cuando Ramos decidió despejar largo al área rival. El balón lo rechazó a medias el brasileño Miran- da y Guerrero ensayó una pared con minutos para ser celebrado. Se escuchó un grito prolongado que tuvo 240 segundos de incertidumbre. Desde los asientos en el área de prensa del coloso de Fóxboro, la escena se perdía en una neblina de confusión. Era difícil afirmar algo a primera vista. ¿Había sido mano o no de la ‘Pulga’? Andrés Cunha hizo un gesto para señalar que tocaba esperar antes de hacer oficial el cobro del tanto. Se venían los cuatro minutos más largos para Ricardo Gareca como técnico de la selección.

Al anotar en el arco de Alisson, Ruidíaz salió a festejar a una de las esquinas de la cancha. Lo acompañaron Yotún, Guerrero, Cueva, Vílchez. Frente a ellos estaba un grupo peruanos que olvidó el viento helado para agitar las manos de victoria. De pronto, Cunha le habló a su micrófono portátil. Todavía los jueces no habían corrido al centro del campo. La terna uruguaya quería el apoyo de los árbitros asistentes en medio de esta jugada que ni siquiera la televisión pudo enfocar con claridad.

En ese tiempo no existían las licencias para utilizar el VAR (‘sistema de videoarbitraje’, por sus siglas en inglés) en partidos oficiales; Cunha lo único que podía hacer era llamar a jueces de apoyo que estaban en el campo. Hoy ese gol habría sido anulado sin contemplaciones y este equipo renovado de Gareca iba a quedar fuera de la Copa América en primera ronda. “Recordé lo que habíamos conversado con Marcelo [el psicólogo] y salí corriendo con Corzo para hablar con Cunha”, comenta Ramos. Esos cuatro minutos se jugó otro partido. Y también tenía que ganarlo Perú.

“Ya cobraste el gol, todo el mundo ha visto que lo cobraste. Lo cobró tu juez de línea también”, le repetía Ramos a Cunha. Lo acompañaban Corzo, Polo y el preparador físico Néstor Bonillo. Doscientos cuarenta segundos tuvieron que pasar para que se tomara una decisión con este gol. Demoró más que un round de boxeo, más que un tráiler de película, más que todas las canciones del disco Revolver de The Beatles. Cunha se sacudió los audífonos y señaló el centro del campo. Gol peruano para ganarle a Brasil después de cuarentaiún años en una Copa Amé- rica y clasificar a los cuartos de final del torneo. Las cámaras de todas las cadenas internacionales minutos después confirmaron la mano de Ruidíaz.

Al salir del campo del estadio Gillette, Ruidíaz negó que su gol fuera con la mano. “Fue muslo”, dijo el atacante. Ya de vuelta en Lima, luego de la elimi- nación por penales ante Colombia en Nueva Jersey, la ‘Pulga’ hizo una inesperada confesión. “Tenía miedo a decir- lo, pensé que nos iban a descalificar del torneo. Decidí confesar lo de la mano, porque me sentía mal por haber mentido”, dijo el atacante, hoy en el Seattle Sounders de la MLS, casi en estado de penitencia.

Ese gol imposible en estos tiempos de VAR encaminó el inesperado éxito peruano en la Copa América Centena- rio. Ese quinto lugar en Estados Unidos con un plantel renovado, con la mayoría de jugadores del torneo local, le daba legitimidad a Gareca como técnico. Su aceptación en encuestas he- chas desde entonces no bajó nunca del sesenta y cinco por ciento. Era importante ser paciente y confiar. Así sean cuatro eternos minutos. Días después de ese torneo, el ‘Tigre’ tuvo una reunión con Juan Carlos Oblitas, director de la FPF, en la Videna. El argentino miró sonriendo al ‘Ciego’ y le dijo: “Ya tengo un equipo, lo he encontrado”. En la ciudad donde están las mejores universidades del mundo, un equipo joven tuvo su día de graduación. El gol de Ruidíaz, más allá de que debió ser invalidado, ayudó a la recuperación de una confianza extraviada. A veces, todos necesitamos que nos den una mano para volver a creer. //