Ilustración de Alejandro López, uno de los peruanos que participa en Distancia; grupo que crea arte en relación a la pandemia del coronavirus.
Ilustración de Alejandro López, uno de los peruanos que participa en Distancia; grupo que crea arte en relación a la pandemia del coronavirus.

“– Pero es que me gustan los inconvenientes.

– Pues a nosotros no – dijo el Inspector -. Preferimos hacer las cosas cómodamente.

– Pero yo no quiero la comodidad. Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero riesgo, quiero la libertad, quiero la bondad. Quiero el pecado.

-En resumen – dijo Mustafá Mond – usted reclama el derecho a ser desgraciado.

-Bueno, vaya – dijo el salvaje – reclamo el derecho a ser desgraciado.”

Un mundo feliz (1932)

Aldous Huxley

Creo que nunca han surgido tantas ideas en mi cabeza de cómo transformarme, transformarnos y transformar a los otros. No es de extrañar. Esta pandemia llegó para sacarnos de la comodidad en que vivíamos; es decir, eso que ahora, desde este lugar de confinamiento, podemos llamar “la comodidad en que vivíamos”. Es normal. El ser humano tiende a la comodidad y a atrincherarse en espacios seguros que lo protejan del agobio de las grandes preguntas existencias. La necesidad de respuesta es inherente al hombre; si tenemos claro, o medianamente claro, de dónde venimos y hacia dónde vamos – en todos los aspectos de nuestras vidas – nos sentimos en equilibrio y listos para atender el día a día por más desafiante que se presente.

Pero eso se acabó. O por lo menos, todo parece indicar que así es. Dos meses han sido suficientes para poner en duda las respuestas a las grandes preguntas y para plantearnos nuevos cuestionamientos relacionados a esos pequeños asuntos, relegados en los planes y estrategias, como la supervivencia. La necesidad de sobrevivir – como personas, como empresa, como sociedad o como sistema humano – se ha hecho hoy más evidente que nunca. Pero cuidado: esa necesidad siempre estuvo ahí. Sucede que un día, los planes que nos habíamos trazado se convirtieron en un filtro opaco que nos hizo dejar de verla.

Sobrevivir siempre estuvo estrechamente relacionado al desarrollo de la creatividad. Hoy, más conectados que nunca con los demás desde nuestras propias casas (no hay escapatoria para no contestar el teléfono o correo, todos estamos en casa) y expuestos al máximo al diálogo interior con nosotros mismos, nos encontramos produciendo y carburando cientos de ideas, unas más aterrizadas y otras tantas más osadas, de cómo renovarnos y reinventar nuestras actividades, nuestras identidades. Me atrevería a afirmar que si pudiésemos medir el tráfico de ideas entre nosotros – en bits u otra unidad – veríamos un gráfico muy revelador e inspirador.

En 1606 y viviendo una cuarentena como una más de las tantas que se vivieron en los tiempos en que el mundo, en palabras de Heine, era un hospital, Shakespeare escribía una de sus obras más célebres: La tragedia de Macbeth. Por su lado, otros grandes artistas idearon o escribieron en el encierro las historias que hoy siguen marcando nuestro destino, nuestras narrativas y nuestras mitologías privadas. Oscar Wilde y su De Profundis o Miguel de Cervantes Saavedra con el Quijote, ambas escritas desde el encierro, son ejemplos de una creatividad de cuarentena. La creación siempre fue una manera de hacernos más libres y de poder lidiar con la desesperanza y la incertidumbre de la realidad.

Pero hay una mala noticia: las buenas ideas y una creatividad a todo vapor no son suficientes para salir airosos de esto. Es ahora más que nunca que debemos asumir el reto de adentrarnos en el “ultramundo” al que hace referencia brillantemente Baricco en su última publicación The Game, desarrollando nuestra capacidad de aprender a respirar en un universo de no linealidad y de muchas ventanas abiertas, como nos lo propone la World Wide Web. Los límites son, ahora más que nunca, viejas formas de organizarnos, de establecer espacios estancos como trincheras. Este contexto nos regala el explorar todas las alternativas de la interconexión, donde el valor de la red y de la solidaridad son capitales. Si antes ya no importaba, hoy importa menos aún el made in. Asumámonos como los creadores de un sistema que nos permite romper cualquier barrera física para colaborar y abrazar la tan ansiada promiscuidad coproductora, tan necesaria en contextos de crisis y cambio.