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"Un 6 de agosto", por Jerónimo Pimentel

En su columna "El vientre de la ballena", Jerónimo Pimentel recuerda la Batalla de Junín, uno de los últimos enfrentamientos en el proceso de la Independencia del Perú.

"Un 6 de agosto", por Jerónimo Pimentel

[Fotoilustración: Mind of robot]

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Tendrían que estar cansados.
Eran a este punto guerreros profesionales por formación o experiencia, pero la campaña había sido larga y el entorno en el cual se perseguían era retador. La pampa de Junín, ubicada a más de 4.000 m s. n. m, es una llanura agreste apenas decorada por césped andino y algunos pajonales que cubren la laguna homónima. Es una tierra de contrastes. El cielo suele estar descubierto, pero el frío es seco y cortante; alguien diría que tiene una iluminada tristeza. El terreno es eriazo, pero ahí descansa el segundo mayor reservorio de agua dulce después del Titicaca. Alrededor de este lago, llamado también Chinchaycocha, se movilizaban las tropas de Canterac tratando de evitar la confrontación con el ejército de Bolívar. No se les podía culpar.

La verdad, nadie llegaba bien a la cita. Los leales a España se habían parapetado en la sierra central, pero la sublevación de Olañeta les obligó a dividir fuerzas y mandar un contingente al sur. Los patriotas tampoco las tenían consigo. Riva Agüero y Torre Tagle mostraron sus diferencias con el mando grancolombino y, por tanto, con el proyecto independentista. El primero sería deportado, y el segundo moriría de escorbuto en el Real Felipe, donde se refugió luego de declararse súbdito de la corona. La historia no es amable con los cómplices y los ambiguos. La consideración que se les podría destinar a los primeros presidentes del Perú, creemos, está mejor dedicada a los caballeros que están a punto de encontrarse en las alturas andinas. Son las cuatro de la tarde.

Bolívar, un estratega dudoso, mandó a la vanguardia de su caballería, los Granaderos de Colombia, a entablar combate con el rival y cortar la retirada. Canterac envió a sus caballos al lance y él mismo dirigió la avanzada. El militar de origen francés había vencido ya en Macacona, donde liquidó al ejército de Tristán; y en Moquegua, donde destruyó al Ejército Libertador del Sur. Mariano Necochea, quien recibió la arremetida de la carga realista, sufrió el castigo: tajos en la cabeza, corte en el vientre, lanza en el pulmón izquierdo, heridas en el brazo y rotos los tendones de la muñeca. Su apellido exige, desde entonces, ser mencionado con cierta gravedad.

El parte oficial de Santa Cruz no se sustrae de la crudeza: “El choque de estos dos cuerpos fué terrible, porque ámbos estaban satisfechos de su bizarría, ámbos empezaron á acuchillarse, y por el momento ellos arrollaron algunos de nuestos escuadrones” [sic]. En los Recuerdos históricos del coronel Manuel Antonio López, se narra con detalle la violencia del combate: caballo contra caballo, lanza contra pecho, sable contra espada. Bolívar se retiró a una loma a orillas de la laguna a contemplar lo que a sus ojos era una derrota segura: la superioridad de los españoles era clara y los patriotas se empleaban en un ejercicio de resistencia. Es posible ir a la pampa e imaginar el brillo del metal, los relinchos de los animales agotados y los gritos de dolor de los cuerpos al enfrentarse. Sería la última vez que un combate provoque ese paisaje acústico. De ahí en adelante todo valor estará ensuciado por el ruido de la pólvora cuando estalla.

Estamos ya ante un desastre. En sus memorias, López refiere que el general Jacinto Lara se acercó a Bolívar y le preguntó si deseaba que cargue. El venezolano contestó que no, “…porque eso sería quedarnos sin caballería para cumplir la campaña”. Luego Bolívar se retiró del campo para apurar a la infantería. Era una medida desesperada. Había pasado, apenas, media hora.

Es aquí cuando lo imprevisto toma posesión de la Historia. El escuadrón Húsares del Perú, al mando del coronel argentino Isidoro Suárez, no había entrado en batalla. Este manda al mayor Andrés Rázuri que pregunte al general La Mar si se involucraba en el pleito o no. La Mar, al igual que Bolívar, declina la idea y exige retirada. Rázuri, por inconsciencia, sentido de gloria o amor propio —nunca se sabrá—, informa exactamente lo opuesto. Y Suárez carga. Carga con tal ímpetu que sorprende y arrasa a unos jinetes que se creían ganadores y destruye sus vidas y el ánimo de los sobrevivientes. Canterac dirá: “… cuando contaba con un triunfo seguro, no sé por qué, porque no cabe en el cálculo humano, ha vuelto vergonzosamente grupas nuestra caballería, dando a los enemigos una victoria que por derechos nos pertenecía”. Bolívar, finalmente, volvió al campo con la infantería, pero todo había concluido.

No siempre el valor, las decisiones individuales y los errores de interpretación tienen final feliz. Lucan, Raglan y Cardigan lo descubrirían unos años después en Crimea, en la famosa “carga de la brigada ligera”, que inmortalizaron tanto Tennyson como Iron Maiden. Pero algunas veces sí, e incluso es posible que Borges, bisnieto de Suárez, la celebre con versos: “Alta en el alba se alza la severa/ faz de metal y melancolía./ Un perro se desliza por la acera./ Ya no es de noche y no es aún de día.// Suárez mira su pueblo y la llanura/ ulterior, las estancias, los potreros,/ los rumbos que fatigan los reseros,/ el paciente planeta que perdura.// Detrás del simulacro te adivino,/ oh joven capitán que fuiste el dueño/ de esa batalla que torció el destino:// Junín, resplandeciente como un sueño./ En un confín del vasto Sur persiste/ esa alta cosa, vagamente triste”.

Esto, a fin de cuentas, es lo que se celebra cada 6 de agosto. Y lo que se nos exige es estar a la altura. A cierta altura. Otra forma de decirlo, más acorde con nuestra época, es la siguiente: ¿Necochea, Rázuri y Suárez merecen, a tres años del bicentenario, que la justicia de su entrega esté administrada, ahora, por Hinostroza, Ríos y San Martín?

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