Entre la fe, la calle y la mesa: los personajes que dan vida a la Semana Santa en Lima
En la capital peruana, la Semana Santa se despliega en múltiples escenarios y, a través de distintos personajes, evidencia la convivencia entre lo religioso, lo cultural y lo gastronómico. Lejos de desaparecer, esta festividad se transforma y persiste, adaptándose a una ciudad en constante cambio que, sin embargo, aún encuentra en estos días una forma de reunirse, recordar y creer.
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Durante buena parte del siglo XX, la Semana Santa en Lima se vivía con una intensidad que se sentía en cada esquina. Desde el Domingo de Ramos, la ciudad despertaba temprano para la bendición de palmas, mientras que el Viernes Santo estaba marcado por el recogimiento: mujeres vestidas de negro —las llamadas “señoras de luto”— acudían a las iglesias como muestra de devoción y austeridad, en una época en la que incluso la vestimenta formaba parte del ritual. Hoy, esa fe no ha desaparecido, pero sí ha cambiado de forma: se despliega en la calle, se encarna en nuevos protagonistas y se sostiene también en gestos cotidianos, manteniendo viva una tradición que trasciende lo religioso y se afirma como parte de la identidad cultural de Lima.
Las “señoras de luto”, figuras tradicionales de la Semana Santa limeña, registradas en 1956 durante el Viernes Santo.
Aún no lleva puesta la túnica, pero la gente ya lo reconoce. Lo saludan, le piden fotos y le hablan como si tuvieran ante ellos la imagen viva de Cristo. Mario Valencia escucha, responde y sonríe. También reparte bendiciones. Falta poco para que empiece la escenificación por Domingo de Ramos, pero la línea entre el hombre y el personaje parece, desde antes, desdibujarse. Cuando finalmente se caracteriza, la transformación es total. “Cuando entro en esta sintonía, ya no soy yo. El pueblo no me ve a mí, ve a nuestro Señor Jesucristo”, afirma.
Desde hace casi medio siglo, el ‘Cristo Cholo’ recorre Lima cada Semana Santa. El próximo año cumplirá 50 años en este papel que, más que actuación, define como una misión. “Yo nunca cobro un sol por hacer esta obra, que es de fe, de amor y de devoción”, dice. Con el apoyo de la Municipalidad de Lima, cada Viernes Santo encabeza el vía crucis hacia el cerro San Cristóbal, en un trayecto que puede superar los 20 kilómetros. Durante el camino, carga una cruz de aproximadamente 90 kilos. El dolor no es simbólico. “Los azotes son reales. La corona de espinas lastima, todo es real”. Es, asegura, un esfuerzo físico extremo, pero también espiritual.
Mario Valencia, el ‘Cristo Cholo’, sobre el cerro San Cristóbal, punto final de su recorrido en Semana Santa, con Lima extendiéndose a sus pies. (Foto: Julio Reaño)
/ Julio Reaño
Fuera de escena, su fe también ha sido puesta a prueba. Ha sobrevivido a la muerte al menos dos veces: una caída desde un quinto piso que le dejó múltiples fracturas y un atropello que, lejos de alejarlo, reforzó su convicción. “El Señor ha puesto sus manos donde he caído… porque tengo que cumplir una misión”, cuenta. Antes trabajaba como transportista de combustible, pero hoy se dedica por completo a esta labor, que asume durante todo el año: acompaña enfermos, visita comunidades y lleva oraciones donde lo llamen.
Antes de convertirse en el ‘Cristo Cholo’, Mario Valencia trabajaba como transportista de combustible, una vida que dejó para dedicarse por completo a su misión.
/ JOSE ROJAS
Mario no se asume como un santo, sino como un intermediario. “Soy un humilde servidor. Solo transmito que la fe es la que sana y ayuda”, afirma. Y aunque ha pensado en dejarlo, siempre regresa. “El compromiso es hasta cuando Él me lo permita”, dice señalando el cielo. Por eso seguirá, hasta que Dios quiera.
Entre vitrinas y templos
Las primeras cuadras del jirón Tacna funcionan, por estos días, como un pequeño epicentro de la fe en Lima. Desde temprano, fieles, curiosos y familias se congregan en esta zona del centro histórico, punto de partida para el tradicional recorrido por las siete iglesias en Semana Santa. Antes de entrar a los templos, muchos hacen una parada obligatoria en las tiendas religiosas que bordean la vía: vitrinas repletas de estampitas, rosarios, cuadros del vía crucis y figuras de santos que condensan, en objetos, la devoción popular.
En medio de ese tránsito constante está Úrsula Huarcaya, quien desde hace más de una década dirige la tienda ‘La Sarita’. Su local, ordenado como una pequeña sala de exhibición, contrasta con el bullicio de la calle. “En Semana Santa se mueve, pero más es en octubre”, cuenta, en referencia al mes del Señor de los Milagros. Aun así, estos días tienen su propio ritmo: “Ahora lo que más sale son las palmas, por el Domingo de Ramos”.
Úrsula Huarcaya, al frente de la tienda ‘La Sarita’, en el jirón Tacna, donde la tradición también se sostiene desde la venta cotidiana.
/ JOEL ALONZO
En sus estantes conviven vírgenes dolorosas, cristos resucitados y escenas completas del vía crucis. Algunas piezas son de yeso, otras de fibra —más resistentes, explica— y también hay artículos importados. “La gente pide bastante el Cristo resucitado, la resurrección”, dice, mientras señala una figura de 60 centímetros. Los precios varían: desde piezas pequeñas hasta esculturas que alcanzan varios cientos de soles.
A pocos metros de allí, el Museo de las Nazarenas abre sus puertas para acercar al visitante a la historia y el legado del Señor de los Milagros, una de las representaciones más emblemáticas de Cristo crucificado. Este espacio también adquiere una carga especial en Semana Santa: en el templo contiguo, el arzobispo de Lima pronuncia cada Viernes Santo el tradicional Sermón de las Siete Palabras ante miles de fieles.
Liliana Canessa, directora del Museo de las Nazarenas, espacio que resguarda la historia y evolución de la devoción al Señor de los Milagros.
/ JOEL ALONZO
Este sábado de Pascua, el museo se presenta como una alternativa más serena dentro del circuito religioso del centro. Sus salas recorren la historia del Cristo moreno, la devoción que lo rodea y las expresiones populares que ha generado a lo largo de los siglos. Hay piezas históricas, documentos, imágenes y representaciones que resumen la evolución de una manifestación religiosa que hoy es una de las más multitudinarias del país.
Liliana Canessa, directora del museo, sostiene que el valor del espacio va más allá de lo expositivo. “Cada pieza tiene una historia detrás: no solo habla de la imagen, sino de la devoción de quienes la han sostenido en el tiempo”, explica. En ese recorrido, el museo ofrece algo más que información: una oportunidad para comprender cómo esta tradición se ha construido, persistido y sigue vigente en la ciudad.
Recetas que vuelven
En la cocina del restaurante Perroquet, en San Isidro, el bacalao a la vizcaína vuelve solo en esta época del año, como parte de una tradición que se instala en la mesa durante Semana Santa. Aunque hoy no forma parte de la carta habitual, el equipo lo preparó de manera especial para compartir su receta y acercar a los lectores de Somos a uno de los sabores más representativos de estas fechas.
La preparación comienza mucho antes de encender el fuego. El bacalao, salado por naturaleza, reposa durante 24 horas en agua para suavizar su intensidad. Es el primer paso de una receta de origen español que aquí se adapta ligeramente al gusto local.
Bacalao a la vizcaína preparado en el restaurante Perroquet, un plato que regresa en Semana Santa como parte de la tradición.
/ @richardhirano
Sobre la mesa, los ingredientes son sencillos: ajo, tomate y pimiento. La base de la clásica vizcaína. En la sartén caliente, el ajo se dora primero en aceite, liberando aroma. Luego entra el tomate, que aporta color y cuerpo, y finalmente el pimiento, que termina de dar forma a la salsa. Todo ocurre en pocos minutos, con movimientos precisos.
El bacalao, ya desalado, pasa a la plancha. No requiere mucho: un toque de sal y calor directo. Su propio sabor hace el resto. Después, se incorpora a la salsa, que puede flamearse ligeramente para darle textura. El plato se completa con papas doradas, perejil, aceitunas y pimiento, en una combinación que equilibra la intensidad del pescado con la suavidad de los acompañamientos.
Para Danny Rojas, jefe de alimentos y bebidas del Country Club, esta preparación resume también la filosofía del restaurante. “Trabajamos sobre una base clásica, pero con matices contemporáneos. La idea es rescatar recetas tradicionales y adaptarlas a lo que tenemos, a nuestro producto y al paladar local”, explica. En ese proceso, el bacalao —un insumo importado y cada vez menos frecuente— se convierte en un punto de partida más que en una regla fija. //