Ambos actos comparten una condición: son el resultado de una tensión entre la creatividad (experimentación) y las reglas autoimpuestas (el “voto de castidad” en las películas o el “manifiesto por la nueva cocina nórdica” en los menús) .
Quizá algunos nostálgicos recuerden otro estallido ochentero danés: la fabulosa selección de fútbol dirigida por Sepp Piontek que, de la mano de Michael Laudrup y los hermanos Olsen, maravilló en México 1986 con su fútbol fluido y agresivo. Fue, para muchos, el mejor equipo de fútbol que no ganó nada, y se lo recuerda bastante más y mejor que a los campeones de la Eurocopa 1992. Su relativo éxito, su condición memorable, se debe también al equilibrio entre disciplina y libertad, un balance frágil que, cuando se pierde, produce catástrofes.
Esta parece ser la premisa de Borgen, la estupenda seria de la televisión pública danesa que ha tenido una segunda vida desde que entró a Netflix. En ella, se explora, a partir de la figura de Birgitte Nyborg (brillante Sidse Babett Knudsen), los entresijos de un sistema político peculiar y las formas de dominarlo. Dinamarca es una monarquía parlamentaria, como varias en Europa, pero reúne a todos los poderes en un mismo edificio, el que da nombre a la serie. Esa hiperconcentración crea una gravedad que deforma y enrarece las relaciones que ahí se establecen, así como las vidas personales de aquellos que transitan los pasillos palaciegos. Esa fuerza es capaz de convertir cualquier anécdota en drama, también en capitulación y, de vez en cuando, en oportunidad.
Así lo aprende Nyborg, pero también Katrine (Birgitte Hjort Sørensen), una periodista que mantiene una compleja relación con el asesor de la primera ministra, Kasper Juul (Pilou Asbaek), quien es a tantos pareja, fuente y amigo. Para ellas, el ascenso profesional y la lucha por hacer valer su posición, ya sea en la discusión pública o en la agenda televisiva, implican una labor imposible de suma cero. A más éxito profesional, peor vida familiar. A más poder, menos amor. El recordatorio del fracaso lo provee Hanne Holm (Benedikte Hansen), una mujer de prensa aguda y veterana que tiene una mejor relación con el alcohol que con su hijo. Las mujeres no lo pueden tener todo, nos recuerda en cada capítulo el creador de la serie, el dramaturgo Adam Price.
Esa última condición, universal, no esconde del todo algunas diferencias culturales evidentes. La primera es que la gente se dice las cosas a la cara con más franqueza de lo que aconseja la hipocresía limeña (y nadie parece molestarse mucho). La segunda es una aspiración: el estado de bienestar escandinavo en plenitud es un espectáculo digno de envidia. La tercera es nostalgia: Borgen nos hace añorar un sistema de partidos, con sus respectivos pulsos ideológicos.
Por eso, cada noche, cuando acaba la serie, el combo que devuelve la realidad al espectador peruano es brutal: nuestro fingir dulce y amargo en el trato, siempre en diminutivo; nuestro pequeño Estado, paralizado por reuma; los vientres de alquiler que proponen arqueros de fútbol a la presidencia de la República.