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Impulsado por una profecía y la ambición de su esposa, el noble escocés Macbeth asesina al rey para usurpar el trono. Sin embargo, la culpa lo sumerge en una espiral de sangre que destruye su cordura. La obra de Shakespeare, cuyo título los supersticiosos teatreros británicos callan por no llamar a la mala suerte, culmina en una tragedia inevitable: la traición se paga con la muerte.
Impulsado por una profecía y la ambición de su esposa, el noble escocés Macbeth asesina al rey para usurpar el trono. Sin embargo, la culpa lo sumerge en una espiral de sangre que destruye su cordura. La obra de Shakespeare, cuyo título los supersticiosos teatreros británicos callan por no llamar a la mala suerte, culmina en una tragedia inevitable: la traición se paga con la muerte.
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El dramaturgo cusqueño Miguel Ángel Pimentel ya lleva muchos años tentando a la suerte, por lo que no cree en supersticiones. Sabe que todo el tiempo ocurren accidentes tanto en el teatro como en la vida, y él ha sabido enfrentarlos. En los años 80, en el memorable grupo Brequeros, junto con Roberto Ángeles y Ricardo Velásquez, Pimentel creó un teatro fundamental en aquellos tiempos que había que enfrentar a la violencia que nos azotaba. Luego, partió al Cusco con una apuesta por las artes escénicas ajena al circuito convencional. Tras un paréntesis de 15 años, dirige su primer clásico con la compañía Volar Distinto, llenando la Casa de la Cultura (San Bernardo), a mediados de marzo. Para él, Shakespeare ha resultado para los cusqueños un autor tan actual como pertinente. “Esta capacidad oscura del humano de asesinar, traicionar por el poder y el dinero sigue muy vigente, por eso llevé a escena esta obra”, afirma.
Parece majadero repetirlo, pero hay quien no se entera: el teatro peruano no es solo el que se hace en Lima. Y coincidiendo con las celebraciones del Día Mundial del Teatro, el pasado 27 de marzo, en esta entrevista Pimentel reclama al Estado el necesario incentivo a una actividad que, en provincia, no encuentra auspicio ni infraestructura. En un país en que las autoridades están más interesadas en los actos simbólicos que en las acciones, el teatro sigue sustentándose en el esfuerzo de sus propios gestores.
—Cuando no hay textos escritos con urgencia para responder a una coyuntura determinada, un clásico siempre funciona...
Sí. Y también tiene que ver con un problema cotidiano por aquí: el financiamiento. Conseguir apoyos para una obra peruana es casi imposible. Conseguirlo con Shakespeare, es más fácil.
— ¿Qué razones tienes para seguir haciendo teatro y sentirte satisfecho?
El teatro es una experiencia comunitaria. Una experiencia vital que casi ya no tiene espacio en nuestra sociedad. Para los actores con los que montamos Macbeth, el proceso ha resultado una experiencia positiva y esperanzadora. La experiencia comunitaria sigue ofreciendo crecimiento personal y la posibilidad de confrontarte contigo mismo. Un buen amigo de un pueblo originario en Dakota (EE.UU), decía que la verdadera Danza de la Lluvia son las esperanzas y los sueños. Sin ellos, un pueblo desaparece.
— ¿Crees que, como afirman algunos teatreros mayores, hoy los actores jóvenes han perdido la mística?
Lo que vemos es el resultado del proceso capitalista, donde se prioriza al individuo y el teatro se hace no a partir de un sueño humanista sino por un sueño ególatra, el de querer ser famoso. Aquí en provincia también sucede eso. Hablamos de una generación que espera cosas rápidas. Los jóvenes simplemente buscan resultados inmediatos. No lo veo tan negativo, pero sí comprendo el pesimismo de los mayores. En mi caso, mi forma de ejercer pedagogía no se dirige a formar actores profesionales, sino crear procesos humanos.
— ¿Ese individualismo fue el que te motivó a dejar la actividad teatral en Lima?
Dejé Lima a fines del 93, cuando ensayaba “Parejas” -obra que escribí y dirigí-, con Norma Martínez, Carlos Acosta, Carlos Gálvez y Elsa Olivero. Entonces, tanto el Británico como la Alianza Francesa eran las salas más importantes de la ciudad. Había llegado a ese punto después de mucho esfuerzo, tras doce años de trabajo. Pero me pregunté si mi misión en la vida era entretener a una élite limeña con la cual no tenía nada en común. Entonces renuncié a mi estatus teatral. Es más, me convertí en misionero laico católico, y me fui a trabajar a las alturas de Puno, usando el teatro como instrumento educativo en comunidades afectadas por la violencia. A través del teatro, ellos tenían la capacidad de sanar de su dolor y de su tragedia. Eso es algo fundamental del arte: su capacidad sanatoria. Eso me interesa más que una temporada en Lima.
— ¿Como autor, qué piensas del florecimiento que experimenta la dramaturgia peruana?
Creo que se ha estancado un poco. Sin embargo, ha habido un proceso y una generación de autores peruanos que nos permiten hablar ya de una dramaturgia peruana. Eso es extraordinario. Pienso en Daniel Amaru Silva, a Mariana de Althaus, a Mariana Silva, es una generación brillante. Espero que no se duerman, que sigan produciendo y provoquen a otros a seguir escribiendo. Escribir teatro parece inútil, pero tiene la capacidad de ser una conciencia sutil y profunda de nuestra realidad. Denuncia de una manera poderosa.
— ¿En qué adviertes ese estancamiento?
Creo que son los procesos productivos. Tanto en Lima como en Cusco, llega un momento en que llegas a un techo y dices “ya basta”. Yo estoy dirigiendo después de 15 años. Para producir en provincia tienes que ser productor, director, diseñador de luces, de vestuario, tienes que hacer todo. Y eso agota. Pero me he reconciliado con este proceso hermoso. Me ha dado vida y estoy dispuesto a continuar. Uno olvida los regalos que te dan estos procesos.
— Pongámonos pesimistas: ¿Cuáles son las justificadas quejas de los creadores teatrales en provincia?
No diría quejarse, yo diría a reclamar. Reclamar del Estado asumir el rol que le corresponde. La indignación es importante, pero no nos puede inmovilizar como artistas. Yo creo que, en principio, la carencia siempre es un impulso. El esfuerzo privado es el único que existe. No hay ningún proyecto de arte escénico apalancado por el Estado. Para llevar Macbeth a escena, me presenté en la Casa de la Cultura del municipio y felizmente me dieron el espacio, pero tienes que llevar luces, sonido, escenografía. A ellos les resulta más rentable dedicar su auditorio a eventos, o convertirlo en oficinas del municipio.
— Cuando se celebra el Día Mundial del Teatro, dame una razón para mantener la fe.
Después de muchos intentos durante décadas, por fin se ha creado la Asociación del Teatro del Cusco. Y con la Dirección Descentralizada del Cusco, esta organización está organizando la celebración por el Día Internacional del Teatro. El presupuesto no es muy alto, pero estamos movilizando otra experiencia comunitaria. Tenemos que seguir creando sueños y esperanzas para producir vida.
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