Obra de 1987, parte de la primera exposición de Bruno Zeppilli. 33 años después de aquella muestra, cuando tenía justamente esa edad, se inaugura "Ensayo de Retrospectiva (Pinturas 1987-2020) en el Icpna.
Obra de 1987, parte de la primera exposición de Bruno Zeppilli. 33 años después de aquella muestra, cuando tenía justamente esa edad, se inaugura "Ensayo de Retrospectiva (Pinturas 1987-2020) en el Icpna.
Diana Mery Quiroz Galvan

Hay pequeños instantes en los que el poder de una mirada, de una frase o del silencio pueden determinar, para bien o para mal, el rumbo de toda una vida. experimentó ese momento en 1972 mientras era parte del taller de dibujo de la escultora Cristina Gálvez. Por entonces, tenía 17 años y había abandonado la carrera de Letras para postular a Arte en la Católica. Pasaban los meses y a los ojos del futuro pintor sus esfuerzos por dibujar correctamente eran en vano. Así que resolvió ponerle punto final a las clases, pero antes quiso informar a su maestra de la decisión tomada. “Bendita la hora en que se lo dije”, exclama Zeppilli al recordar ese episodio. Tras descartar que no era la falta de dinero lo que alejaba a su discípulo, la respuesta final de aquella “mujer delgada, bajita, pero de carácter fuerte y muy temperamental”, como el protagonista de esta historia la describe, fue: “de ahora en adelante no me vas a pagar un sol. Y vas a venir en los dos turnos, tarde y noche. Todos los días”. El joven aprendiz quedó sorprendido. “Nunca me dijo que tenía talento, pero no hizo falta. Yo entendí el mensaje”.

Casi 50 años después de aquel espaldarazo artístico, Zepilli inaugura su primera muestra antológica en el Icpna. “Ensayo de retrospectiva (Pinturas 1987 – 2020)” exhibirá a partir del 3 de diciembre 27 pinturas en gran formato que repasan la reconocida trayectoria del creador de misteriosos cuadros que conjugan con maestría el arte italiano, el arte colonial y el arte popular peruano. Un dato curioso sobre esta exposición es que se lleva a cabo 33 años después de la presentación de las primeras obras del autor, cuando este tenía, justamente, esa misma edad.

¿Cuál fue su primer acercamiento al arte?

Yo empiezo con Cristina Gálvez. Mi papá era pintor aficionado. Sin embargo, nunca me enseñó a pintar, pero sí a mis hermanos. Nosotros somos seis, yo soy el cuarto. Gracias a mi padre gané varios concursos, él me hacía los cuadros. Recuerdo que hizo copias de la obra de Baca Flor, por ejemplo. Lo hacía bien, tenía habilidad. Aunque yo nunca lo vi pintar porque se volvió alérgico.

Obra de 1989, recrea un recuerdo de su niñez junto a su mascota. Derecha, Zeppilli  en su taller, 1988.
Obra de 1989, recrea un recuerdo de su niñez junto a su mascota. Derecha, Zeppilli en su taller, 1988.

¿En qué circunstancias conoce a Cristina Gálvez?

A los 17 años entré a la universidad, a Letras, pero no me gustó. Así que quise pasarme a Arte. Siempre estuve ligado a ese mundo. Iba a galerías desde cuarto de secundaria. Me escapaba del colegio para ir al teatro con un amigo. Pero aún no sabía si quería estudiar escultura o pintura. Cuando fui a matricularme a la carrera de Arte ya había pasado el examen de ingreso y no había cursos libres. Así que solo me quedaba esperar. Anna Maccagno me dijo que vaya al taller de Cristina Gálvez a dibujar, para no perder tiempo. Eso fue a fines del verano de 1972. Con Cristina estuve un año entero, ese fue mi comienzo, ella fue mi gran maestra y la que me abrió el mundo al arte. Después de un tiempo me enseñó escultura. Nunca lo había hecho con nadie. Eso me marcó y se lo agradeceré siempre. Cuando ya entré a la Católica todos los veranos iba a ver a Cristina, nos hicimos amigos.

¿A quién más considera sus maestros?

En la Católica, a Víctor Femenia, un profesor chileno que enseñaba grabado, pero que se fijó mucho en mi forma de dibujar. Él me guio de alguna forma hacia el dibujo que ahora tengo, que es de una sola línea y sin levantar el lápiz. Su ayuda se sumó a la base que tenía de Cristina. En Bellas Artes tuve como maestro de pintura a Alberto Dávila. Y de forma particular a Tilsa Tsuchiya.

¿Qué es lo que más rescata de su aprendizaje junto a Tilsa?

Yo pintaba junto a ella. Comencé a frecuentarla en verano de 1975. Pero la conocí antes de ingresar a la universidad en un almuerzo del crítico de arte Alfonso Castrillón, porque yo frecuentaba el mundo del arte desde muy joven. Ese almuerzo era de despedida para Tilsa, que se iba a París. Por entonces, yo no sabía quién era. Nos reencontramos en La Católica y me invito a participar en su taller. Empezamos a hablar de arte, de ver el mundo mágico de noche. Había como una relación de maestro a discípulo. Aunque ella me decía que ella nunca quiso enseñar porque el arte debía enseñarse como en la forma antigua, en convivencia. Eso de enseñarle a 30 en una clase era imposible para ella. Se enseña a uno o dos, no más.

Esta pintura de 1992, refleja la lucha del arcángel contra el demonio.
Esta pintura de 1992, refleja la lucha del arcángel contra el demonio.

¿Y cómo se convierte finalmente en su discípulo?

Fue poco a poco. Ella quería transmitirme sus conocimientos. Mientras estudiaba yo ya estaba influenciado por ella. Hasta que durante un verano me invitó a pintar en su casa. Allí me puso a pintar en su taller al lado de ella, me daba instrucciones. Mientras yo pintaba bodegones ella creaba los mitos de sus famosos cuadros. Pasaron tres meses y luego el tercer piso de su casa se convirtió en mi taller. Yo estaba ahí desde las 9 de la mañana. También he vivido en su casa. Fue mi maestra desde el 74 hasta el 82.

Sé que su primera individual iba a ser en el 1984, cuando Tilsa aún estaba viva. ¿Por qué tardó tres años más?

Yo empecé a pintar para esa primera exposición en el taller de Tilsa. Ella ya estaba enferma pero me corregía. Estaba en cama y yo le llevaba los cuadros para que los viera. Ya no tenía fuerzas para pintar y se entretenía conmigo, porque era una forma de sentirse vital y de prolongar el arte que tanto amaba. Pero en el 83 me voy a vivir a Europa, entré en pánico creo por la exposición, cancelé todo. Cuando regresé Tilsa murió al poco tiempo y el mundo me cambió.

¿Ella le comentó algo por su repentino viaje?

No, porque no quería que exponga. Ella me decía que lo peor era ser un artista comercial y que por eso intente mantenerme lo más puro posible. Solía decir que si ella tuviera una entrada fija sería feliz y pintaría lo que le diera la gana. Pero como tenía que pagar cuentas por eso sentía que debía hacer concesiones. A mí, en cambio, me pedía que yo nunca las haga. Esas fueron sus grandes lecciones. Me protegió de quienes querían lanzarme al ruedo antes de tiempo.

"Trilogía", de 1990.
"Trilogía", de 1990.

¿Cree que el dinero y la fama son un problema para el artista?

Tilsa creía en el arte, no en ser famoso y rico. A los jóvenes artistas de ahora eso es lo único que le interesa, fama y plata, aunque sea un día. Ahora no importa lo que uno pinte. En mi época nosotros hablábamos de pintura no de cuánto cuesta tu cuadro. Tilsa jamás me decía voy a exponer aquí o allá. Nuestra conversación era sobre qué pintar y por qué pintar. Hablábamos de arte no del comercio del arte. El arte es mucho más que la riqueza, Cristina Gálvez también me lo decía.

Muchos consideran que su pintura es inclasificable, pero usted ¿cómo la cataloga?

Mi arte es figurativo, pero mis principios, lo que me interesa y aprendí de Tilsa es que toda pintura es abstracta. Si hay una figura o no es secundario, lo importante es el color y la composición. Tienes que hablar con los elementos de la pintura. Me acuerdo de que a los 18 años todo era temático para mí, pero Tilsa me dijo “todo ese mundo lúdico, lindo, lo vas a guardar en una caja de cartón y un día lo vas a sacar. Pero ahora tienes que aprender a pintar. Y pintar no es hacer monstruos, es amar los colores”.

En su obra usted toma como referencia la etapa del Renacimiento…

Un poquito antes, el Prerrenacimiento. La pintura primitiva italiana, Lorenzetti, Fra Angélico, Ucello. Y la pintura colonial. Lo mío tiene mucho del arte popular peruano y arte colonial. Me encanta Guamán Poma de Ayala, tengo varios cuadros en base a sus dibujos. También de lo colonial y sus arcángeles. Hay una obra mía donde la gente ve a una mujer que le está pegando a su marido. Pero no, es el arcángel luchando con el demonio. Claro, yo lo he procesado a mi forma, lo he comido, lo he digerido y salió algo nuevo.

No necesariamente lo que el artista quiere reflejar en su pintura es lo que entiende el espectador.

Claro, pero la verdad eso no importa. A mí lo que me interesa es que la escena está más o menos clara. Uno está luchando contra otro. En ese sentido me parece mejor que no sea tan evidente. Me gusta lo hierático, lo inmóvil, lo esquemático, como el arte románico o virreynal.

Obra de 1992. Sin título, como la mayoría de sus pinturas.
Obra de 1992. Sin título, como la mayoría de sus pinturas.

¿Por qué el placer y al dolor son temas que se repiten en sus cuadros?

Nunca me gustó lo suave ni lo bonito porque pienso que la vida no es así. Pienso que tengo una parte violenta guardada que me atrae, pero con cierto sentido del humor también. Ciertos juegos infantiles están presentes en mi obra, como jalar al perro de la cola. Pero luego vi que esto va asociado con San Antonio peleando con el demonio, entonces pienso que mi pintura puede verse de esas dos formas. Es como una obra teatral, algo operístico. Ese mundo, un poquito cómico, pero con su lado trágico me gusta.

¿También influye en su obra la época en que se desarrolla su creación?

No suelo ver televisión, pero en la época del terrorismo sin querer escuchaba las bombas y pintaba cuadros violentos porque todo era violencia. No puedes aislarte. Lo que pasa afuera repercute en lo que haces casi por reflejo propio.

Y le ha pasado lo mismo con la coyuntura actual y lo último que ha pintado?

Sí, he vuelto a los descendimientos y a los muertos. Mi primera muestra trata sobre la muerte. Yo comencé pintando descendimientos de la cruz como los del Rosso Fiorentino, un pintor al que no conocía y del que un amigo me habló. Así que me fui hasta Volterra para ver un cuadro precioso que me impresionó mucho. Cuando llegué a Lima no sabía qué pintar, así que me decidí por una mujer de los cuadros del Rosso Fiorentino, ese cuadro iba a ser parte de la muestra del 87.

A la izquierda, un cuadro de 1998 influenciado por la obra de Rosso Fiorentino y que inspiró a Zeppilli a volver a sus orígenes pictóricos. Derecha: obra del 2020, con un Cristo saliendo de los infiernos.
A la izquierda, un cuadro de 1998 influenciado por la obra de Rosso Fiorentino y que inspiró a Zeppilli a volver a sus orígenes pictóricos. Derecha: obra del 2020, con un Cristo saliendo de los infiernos.

Y ahora forma parte de su retrospectiva.

Así es. Antes de la pandemia me puse en contacto con la persona que tenía este cuadro y se lo pedí para exhibirlo, pero resulta que esta señora se iba a mudar e iba alquilar su departamento tal como estaba, con todo y cuadro. Felizmente me dijo que podía poner otra pintura y la que tenía me la traje a casa. Ese cuadro lo he estado mirando durante toda la cuarentena por eso me provocaba pintar nuevamente lo de mis inicios. Así que pensé, ¿y si los cuadros nuevos los comienzo con el cuadro antiguo? ¿Por qué no? Todo es válido y saldrá diferente. Curiosamente estamos en pandemia y yo estoy volviendo a pintar la sobre la muerte.

¿En estos más de 30 años de actividad artística cómo siente que ha evolucionado su pintura?

Yo sé que hay una evolución y todo, pero no es que he pasado de pintar una cosa a otra. Borges dijo que ya en su primer libro estaba escrito toda su obra. Generalmente eso es lo que le pasa a un artista y lo que hace después es desarrollarla. Eso es lo que yo pienso que he hecho. Parto de un punto y lo que hago es ir en línea recta, mejorando, divulgando, cambiando, volviendo atrás. Para mí cada cuadro es diferente, pero después lo veo y me doy cuenta de que son mis hijos y todos se parecen, pero cada uno representa una época. De eso se van a dar cuenta cuando vayan a la muestra. Tengo algo en la cabeza desde hace 33 años y todavía quiero hablar de eso, de la vida, de la muerte, de la violencia que es parte de la muerte, del erotismo que es lo opuesto a la muerte.

Hablando sobre la época actual, ¿se le pasó por la cabeza hacer alusión a los enfrentamientos entre la policía y los jóvenes en sus obras recientes?

Alguien me dijo ¿por qué no le dedicas tu muestra a los chicos que han muerto? Porque no soy oportunista, pues. Yo estoy pensando en la muerte desde hace 33 años no hace una semana. Esa es la diferencia. Por supuesto que sería un gol, pero no lo voy a hacer. Estos son acontecimientos históricos de la semana, del mes, del año. Yo no soy un fotógrafo periodístico que registra el momento, yo pretendo pintar otras cosas. Tampoco soy político y no me voy a aprovechar nunca de lo que ha ocurrido. Si alguien quiere relacionar mi pintura con esto que pasó, bueno.

El artista en su laberinto san isidrino. De las obras que pintó este año,  Zeppilli incluye dos en su retrospectiva.
El artista en su laberinto san isidrino. De las obras que pintó este año, Zeppilli incluye dos en su retrospectiva.

¿Alguna vez dejó de pintar?

Mi producción no es enorme, tampoco es pequeña, pero sí cuidada. El crítico Alfonso Castrillón alguna vez me dijo “me gusta que tengas pocos hijos, pero bien tenidos”. Es verdad, me demoro en pintar, doy vueltas, a veces se me pasan semanas, me deprimo, salgo a caminar. Pero creo que todo esto me lleva al mismo camino, que es pintar. Entre el 2006 y el 2010 produje muy poco, andaba desilusionado, sin saber por dónde ir. No me gustó la última exposición que había hecho, sentí que daba vueltas en redondo, curiosamente no me repetía, pero sentía que podía hacerlo. Había perdido el entusiasmo, era una época de crisis, que en el fondo era bueno, porque casi siempre que sales de una crisis regresas reforzado. He pasado por varias, en realidad.

Más información: Espacio Germán Krüger Espantoso del Icpna de Miraflores. Abierta al público desde el 3 de diciembre. De martes a sábado de 10 a. m. a 6 p. m. Visitas previa inscripción.

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