Klaus Kinski falleció el 23 de noviembre de 1991 a causa de un infarto. (Foto: RALPH GATTI / AFP)
Klaus Kinski falleció el 23 de noviembre de 1991 a causa de un infarto. (Foto: RALPH GATTI / AFP)
/ RALPH GATTI
Por Ricardo Hinojosa Lizárraga

“No soy el Jesús oficial de la iglesia. El que aceptan policías, jueces, banqueros, verdugos, oficiales, jefes eclesiásticos, políticos y similares representantes del poder. ¡No soy su superestrella!, quien sigue en la cruz cumpliendo su rol por ustedes, quien es abofeteado si deserta de su rol, quien, por tanto, no puede decir... ¡Estoy podrido de tanta pompa y rituales! Su incienso es asqueroso. Apesta a carne humana quemada. No soporto más sus celebraciones y festejos. Pueden rezar cuanto quieran. No los escucharé. Mantengan lejos esas idiotas alabanzas y honores, no tengo nada que hacer con eso. No las quiero. No soy ningún pilar de paz y seguridad”. Quien dice estas palabras, evidentemente, no representa la imagen que nos han inculcado de Jesucristo desde niños. No luce como él debería lucir, no habla como debería hablar, no mira como debería. No lleva el cabello largo y castaño, la barba crecida o una túnica blanca. Por supuesto, tampoco aspira a la santidad. Quien dice estas palabras tiene los ojos grandes, saltones, ciertamente malignos, casi con autonomía propia más allá de su cuerpo. En su boca vive un permanente gesto de desprecio. Su ceño se frunce solo de saberse parte de esa cara desquiciada.

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