La discusión sobre los regímenes tributarios en el Perú suele empezar por la arquitectura del sistema, como si el problema fuera escoger correctamente entre tasas, límites y requisitos. Pero para quien nunca ha sido contribuyente, la pregunta decisiva es anterior: ¿cómo se aprende a ser formal?
Obtener un RUC no enseña a separar las cuentas personales del negocio, registrar operaciones, emitir comprobantes o presentar una declaración. Esas capacidades se adquieren. Si queremos ampliar la base, el sistema debe dejar de tratar ese aprendizaje como responsabilidad exclusiva del emprendedor. Por eso, el primer contacto con la Sunat debería ser formativo antes que punitivo. Una puerta de entrada que convierta el cumplimiento en un hábito posible. Si formalizarse es aprender, la política tributaria debe acompañar ese aprendizaje, no tratarlo como un requisito previo.
Un régimen de incorporación no debe ser un refugio para pagar menos, sino el primer espacio para aprender a operar dentro de la formalidad. La progresividad, por tanto, no debería limitarse a las tasas, sino que, al inicio, la empresa necesita reglas claras, pocos pasos y asistencia cercana; más adelante, puede asumir mayores exigencias cuando sus ventas, su historial y su capacidad administrativa lo permitan. Exigir desde el primer día la complejidad de una empresa madura no acelera la formalización; la vuelve inalcanzable.
Además, la manera de fiscalizar de la Sunat debe cambiar. Una inconsistencia debería generar una alerta, explicar el problema y permitir una subsanación asistida antes de imponer una multa. Eso no significa tolerar el fraude: ocultar ventas, dividir artificialmente un negocio o diseñar estructuras para permanecer indebidamente en el régimen exigen una respuesta firme. Un sistema inteligente sabe distinguir entre quién está aprendiendo y quién pretende engañarlo.
Luego, la transición a regímenes más completos conservaría la trazabilidad ya aprendida y añadiría obligaciones de manera gradual, en vez de imponer un salto abrupto a un sistema completamente distinto. La empresa podría crecer porque el régimen siguiente sería el paso natural de su evolución, no una penalidad por haber avanzado.
La eventual delegación de facultades legislativas específicas al poder ejecutivo ofrece una oportunidad para discutir este diseño. Durante décadas hemos diseñado mecanismos para cobrarles a quienes ya saben cumplir. Para ampliar realmente la base, primero debemos enseñar a cumplir a quienes todavía están fuera.
Ahora bien, superada la etapa de aprendizaje, aparece otro problema: el sistema debe permitir seguir siendo formal. Incluso el empresario experimentado enfrenta normas dispersas, criterios que la Sunat expresa en consultas institucionales y luego no siempre aplica, y la imposibilidad de obtener respuestas vinculantes para su caso. A ello se suman controles fuera de fiscalizaciones formales, exigencias probatorias desproporcionadas y una cultura fiscalizadora más dispuesta a sancionar que a orientar. Si ese entorno desconcierta a quien ya cumple, ¿qué puede esperar quien recién empieza?
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