(Rolly Reyna / El Comercio)
(Rolly Reyna / El Comercio)
Enrique Bonilla Di Tolla

Director de la carrera de Arquitectura en la Universidad de Lima

Cada vez que ocurre un terremoto de gran magnitud, como los que sacudieron México el mes pasado, le echamos una mirada a nuestra propia ciudad y, casi siempre, nos encontramos con alguna situación que raya con el surrealismo, pero que de arte no tiene nada y sí mucho de irresponsabilidad.

Si después de haber visto cómo los techos se llenaban de contenedores con el fatídico incendio de Las Malvinas –que tuvo como consecuencia la muerte de dos jóvenes que trabajaban en condiciones infrahumanas–, hace unos días la prensa prestó atención a un edificio demasiado esbelto y muy mal construido –por lo tanto, muy peligroso– en la avenida Abancay. Una edificación que ningún funcionario municipal quiso ver, como pasó antes con los contenedores y con la galería La Cochera (que espero no haya sido reabierta).

En la misma semana, aunque con menos sonoridad mediática, se cayó –o se desplomó– una casona que, para variar, era monumento y estaba teóricamente bajo protección oficial. Se trata del clásico ‘mírame y no me toques’ que se predica desde las instituciones del Estado: no intervienen en la conservación de sus monumentos, pero tampoco permiten que otros lo hagan a menos que cumplan complicados y largos trámites burocráticos.

De Prolima (que debería ser el órgano encargado del Centro Histórico en el ámbito municipal) se tienen pocas noticias. Y su página web no ha sido actualizada hace dos años. Mientras tanto, el Centro Histórico se cae a pedazos.

El Centro de Lima –y, por ende, el Centro Histórico de Lima– merece más atención de las autoridades. Su municipio parece más interesado en Lima Metropolitana que en ocuparse del viejo casco central, y cuenta con muy poca voluntad para actuar.

Ha tenido que ser el Ministerio de Cultura –que preocupado por la inacción municipal teme que la Unesco pueda retirar a Lima de la lista de patrimonios mundiales– el que realice la formación de un grupo de trabajo para consensuar y proponer acciones para la recuperación del Centro Histórico. También está tratando de elaborar un nuevo plan urbanístico, instrumento del cual carece desde el 2010, cuando venció el plan del 1998.

Mientras tanto, que no nos extrañe que el Centro Histórico sea hoy tierra de nadie y que los derrumbes y las construcciones clandestinas sean tema de todos los días. Es de necesidad inmediata preparar un plan de emergencia que recupere este sector de la ciudad. No solo por su valor histórico y artístico, sino porque es potencialmente un sector de alto riesgo en caso de que ocurra un terremoto.

En el centro hay mucho suelo urbano disponible para la edificación de viviendas dignas y seguras, que serían la mayor garantía de sostenibilidad de nuestro Centro Histórico para que se convierta en un patrimonio vivo (como ya lo vienen haciendo en muchas otras ciudades con resultados exitosos). Es urgente, por ello, la participación del Ministerio de Vivienda en ese proceso.

Sin ánimo de invadir competencias ni jurisdicciones, bien podría el Gobierno Central –que al fin y al cabo es el principal vecino y usuario del Centro Histórico– adelantarse a posibles desastres y elaborar un plan de emergencia con participación multisectorial para recuperar y gestionar esa vieja zona de la ciudad, donde, entre otros hechos, hace casi 200 años se declaró nuestra independencia. Sería un magnífico proyecto para el bicentenario en lugar de esperar a que Lima llegue a su quinto centenario en el 2035. Tal vez entonces sea demasiado tarde.