Durante los últimos dos años, casi todo el discurso corporativo sobre inteligencia artificial giró en torno a la productividad: horas ahorradas, tareas automatizadas, licencias activadas. Casi nadie preguntó qué pasa con las habilidades de la gente que usa esas herramientas todos los días.
En BCG entrevistamos a un grupo de líderes C-suite de distintas industrias. La mitad dijo que ya nota pérdida de habilidades críticas en sus equipos por el uso de IA generativa. A eso le pusimos un nombre: deuda cognitiva, un pasivo que se acumula despacio cada vez que una empresa emplea IA en su operación sin definir con claridad qué tareas piensa delegarle y cuáles piensa conservar. Una deuda financiera hay que pagarla tarde o temprano. Esta, en cambio, se puede evitar casi por completo si alguien se ocupa de ella a tiempo.
Casi nadie se está ocupando todavía. Y ahí aparece, casi sin buscarla, una oportunidad para el Perú. La adopción de IA generativa en el país va un par de años atrás de mercados como Estados Unidos o el Reino Unido, que ya llevan tiempo suficiente usándola como para empezar a notar el desgaste. Ese rezago se puede leer como tiempo ganado: tiempo para observar lo que les está pasando a otros antes de que le pase a uno mismo, y para corregir el rumbo antes de que los malos hábitos queden instalados en la cultura de un equipo. Pocas veces un mercado tiene ese margen.
Aprovecharlo no exige reinventar nada. Algunas empresas en mercados más avanzados ya prueban salidas sencillas como, por ejemplo, piden a sus analistas que armen su propio análisis antes de tocar la IA, arman equipos mixtos, gente que ya domina la herramienta junto con gente que recién empieza, para mantener vivo el aprendizaje entre colegas, y empiezan a medir en sus evaluaciones de desempeño la capacidad de cuestionar un resultado, además de producirlo. Son cambios de gestión, fáciles de decidir ahora, mientras los hábitos de los equipos todavía se están formando.
Delegar razonamiento en una herramienta no es nuevo, lo hacemos desde la calculadora y el GPS, y en general nos volvió más productivos. Lo distinto con la IA generativa es la profundidad de esa delegación: llega hasta el análisis, hasta el juicio, y lo hace con una fluidez que hace difícil notar, en el momento, qué se dejó de practicar.
Frenar la adopción de IA sale caro. El acceso a estas herramientas se va a emparejar entre competidores tarde o temprano, y quedarse atrás tiene un costo real. La diferencia competitiva de los próximos años va a estar en otra parte: en qué tan bien una empresa logra que su gente siga pensando por cuenta propia mientras usa la IA a diario. Ese es el margen que el Perú todavía tiene a su favor.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.