Módulos Temas Día

El machismo en el Perú: indicador de pobreza, por Eduardo Gastelumendi

"Los niños criados en hogares machistas terminan siendo adultos que son como niños grandes: afectivamente infantiles, dependientes, engreídos, violentos, exigentes e impulsivos".

Eduardo Gastelumendi Dargent Psicoanalista y psiquiatra

Giovanni Tazza

"La violencia de esos hombres enloquecidos por celos o despecho nos dejan perplejos y despiertan en nosotros emociones también violentas, como deseos de venganza" (Ilustración: Giovanni Tazza).

La indignación que sentimos frente a las salvajes agresiones a mujeres como las que recientemente han ocurrido en Lima (por fuego y arma blanca) es comprensible. La violencia de esos hombres enloquecidos por celos o despecho nos dejan perplejos y despiertan en nosotros emociones también violentas, como deseos de venganza. Si queremos entender qué lleva a los agresores a actuar así, de una manera tan desalmada, encontramos explicaciones posibles, pero parciales y quizá hasta erróneas: una enfermedad psiquiátrica del atacante, el vivir en un país violento (“de violadores”), el machismo.

Como se trata de un tema complejo y que despierta tantas pasiones, al evaluarlo es fácil caer en la tentación del pensamiento dicotómico (hombres contra mujeres, machistas contra feministas), que no ayuda ni a su comprensión ni a su solución. Estos repudiables casos de violencia son el extremo más visible de una condición emocional poco desarrollada, infantil y, por ello mismo, enferma de nuestra sociedad. Una de las muchas facetas de esta condición, la que ahora nos ocupa.

Como el machismo está vinculado directamente con la sexualidad y la agresión (dos instintos fundamentales para el psicoanálisis), la manera como nos acercamos a este asunto despierta inevitablemente emociones muy fuertes. Es que, a diferencia de los demás animales (cuyo funcionamiento social va más de acuerdo con su biología), en los seres humanos los instintos se expresan no solo en el cuerpo sino también en la mente, en nuestro psiquismo (qué pensamos y cómo sentimos), en la personalidad (cómo somos) y en la manera como nos relacionamos con los demás (la sociedad). Por ello, podemos considerar al machismo como un importante indicador de nuestro desarrollo cultural, como individuos y como sociedad. Duele decirlo –y más aun saberlo– pero en este sentido estamos aún muy mal en nuestro Perú.

El individuo machista comienza a serlo desde el hogar, asumiendo como natural la manera como los padres se tratan entre sí, cómo se valoran mutuamente, en la forma cómo discuten y cómo resuelven sus diferencias y se reconcilian. Y, por supuesto, en las diferencias que se expresan en el distinto trato a hermanitos y hermanitas, así como en las conversaciones cotidianas, en el lenguaje que se usa al referirse a hombres o mujeres y en la carga emocional y valorativa que conlleva.

Los niños criados en hogares machistas terminan siendo adultos que son como niños grandes: afectivamente infantiles, dependientes, engreídos, violentos, exigentes e impulsivos. Las niñas que crecen en esos hogares son tratadas de una manera más exigente y suelen ser devaluadas por ser mujeres, lo que las lleva a lidiar con un sentimiento de culpa y minusvalía absurdo y socialmente cruel. Todo esto empobrece su relación con otras mujeres y con los hombres.

El machismo se expresa de manera más evidente en la denigración de la mujer (maltrato, abuso, desprecio, apropiación) por parte del hombre. Pero no solo así. Las mujeres con mentalidad machista tampoco han logrado integrar y valorar su propia feminidad. El machismo, entonces, denigra y rechaza el lado femenino, presente en todos nosotros, hombres y mujeres.

Visto así, el esfuerzo para salir de la ‘cosmovisión’ machista nos corresponde a todos: a heterosexuales y homosexuales, a jóvenes y mayores, a la izquierda y a la derecha, a ricos y pobres. Pensaríamos que compete especialmente a los padres de niños pequeños y a los profesores de colegio, pero no es tan simple. Lamentablemente, muchos de estos jóvenes padres y los profesores de escuela también han crecido en un medio machista que sienten como “natural”, del que es muy difícil salir (como lo ilustra tan bien la columna “Educación en valores” de Carlos Galdós publicada en Somos la semana pasada). Por ello, la responsabilidad última es de aquellos individuos, hombres y mujeres que, ya liberados de su anteojeras machistas (a manera de Neo y Trinity en “The Matrix”) o que crecieron en hogares más saludables, puedan desde el Estado, los medios de comunicación masivos y los diversos colectivos sociales, actuar para que nuestra evolución cultural continúe en el sentido de la igualdad de valor de los diferentes géneros.

El machismo no solo es primitivo, injusto y genera violencia, sino que nos priva, como individuos y como sociedad, del bienestar, del crecimiento y de la riqueza espiritual que resulta de la integración de lo masculino y lo femenino.

Leer comentarios ()

SubirIrMundial 2018
Ir a portada