Cine/ OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.
Bobby Sánchez
“Existe un electorado herido que siente que el ‘establishment’ lo ha ignorado y que sigue buscando un candidato que lo represente”.

Analista político
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

En las elecciones del 2016, Gregorio ‘Goyo’ Santos, haciendo campaña desde la cárcel, logró alrededor del 4% de la votación nacional. Ese porcentaje representaba un intento de aglutinar un voto ‘antiestablishment’ provinciano significativo, que terminó restándole puntos clave a Verónika Mendoza y contribuyó a que no alcanzara la segunda vuelta. En aquel momento, una de las principales críticas a Mendoza fue que había abrazado una agenda progresista que no sintonizaba con el votante andino y rural, lo que terminó debilitando su proyecto político.
En el 2021, la izquierda progresista limeña insistió en un discurso que, si bien recogía algunas demandas reivindicativas del votante ‘antiestablishment’ andino, seguía entrando en tensión con muchos de sus valores tradicionales. En ese contexto, Juntos por el Perú ofreció a Verónika Mendoza el vehículo electoral de su partido, ya que ella no logró inscribir el suyo. Pero el electorado ‘antiestablishment’ andino abrazó la candidatura de Pedro Castillo, un maestro rural con trayectoria en la dirigencia sindical docente.
Castillo representaba algo distinto. Era incluso más radical en términos políticos que la izquierda limeña, pero no entraba en conflicto con los valores tradicionales de ese electorado y, sobre todo, era percibido como uno de los suyos. Ese voto identitario arrasó en comunidades campesinas y distritos rurales, desplazando al proyecto de la izquierda progresista urbana.
Tras el fallido intento de golpe de Estado de Castillo, Boluarte tuvo la oportunidad de reconstruir la relación con ese electorado. Sin embargo, optó por gobernar con sectores que habían sido derrotados en las urnas. Para muchos votantes del sur y del mundo rural, aquello fue interpretado como una confirmación de que la democracia “ya no es democracia”. A ello se sumó la represión que dejó decenas de muertos y profundizó la fractura entre el Estado y ese sector de la ciudadanía.
Roberto Sánchez, actual congresista y exministro de Castillo, intenta capitalizar ese descontento evocando el discurso político que llevó a Castillo al poder. Según diversas encuestas, entre ellas las del IEP, Sánchez posee uno de los votos duros más definidos del electorado, especialmente en zonas rurales.
En el tramo final de la campaña se observan movimientos importantes. El crecimiento de Jorge Nieto parece inevitablemente chocar con el de Alfonso López Chau. Sin embargo, no debería subestimarse el de Roberto Sánchez. Existe un electorado herido que siente que el ‘establishment’ lo ha ignorado y que sigue buscando un candidato que lo represente. La derecha política ha concentrado buena parte de sus ataques en López Chau y en Nieto. En cambio, ha sido relativamente indulgente con Sánchez, probablemente convencida de que sería un rival manejable en una eventual segunda vuelta. Castillo fue una excepcionalidad nacida del clima trágico de la pandemia. Pero, como advertía Marx recordando a Hegel, la historia tiene la mala costumbre de repetirse: primero como tragedia y luego como farsa.











