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Deseos navideños, por Javier Díaz-Albertini

“En el fondo, como he insistido varias veces, una buena parte del cambio está en nosotros mismos”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Tazza

“No necesitamos de un hombre vestido de rojo o a tres magos para comenzar a hacer realidad estos deseos”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

Se dice que la Navidad es de los niños y las niñas. Entonces mi primer deseo es que la familia, la comunidad y la escuela vuelvan a cumplir plenamente su función protectora. En estos tres entornos es que nuestros hijos viven buena parte de su vida y se van formando como ciudadanos. Por eso, no es posible que en nuestro país, algo más de tres cuartas partes de ellos hayan sufrido algún tipo de violencia en su hogar y que casi dos terceras partes haya sido física. Es una vergüenza que solo una mitad considera a su hogar como un lugar seguro.

La misma proporción informa haber sufrido violencia por parte de sus pares en la escuela, muchas veces fue física. En la mayoría de los casos ocurrió en el mismo salón de clases. Según cifras del Ministerio de Educación, la mitad de la violencia reportada desde 2013 había sido causada por el personal de la institución educativa. Peor aún, de casos de violencia sexual reportados en el 2018 hasta octubre, el 68% fue cometido por adultos.

Solo la mitad considera seguro el distrito o comunidad donde vive, según una encuesta de Save the Children en el 2017. Ello explica por qué la mayoría de los padres y madres señala que nunca o pocas veces sus hijos salen a jugar a la calle o el parque, según una reciente encuesta de Lima Cómo Vamos. En este mismo estudio, el 36% de los limeños consideraba que los niños eran tratados mal o muy mal en la ciudad.

La Navidad es sobre el nacimiento, es decir, la maternidad y la paternidad. Mi segundo deseo es que todos podamos ejercer nuestros derechos reproductivos. Cada uno debe tener la capacidad de determinar cuántos hijos quiere, cuándo y con quién tenerlos. Justo la épica cristiana se inicia con el embarazo consentido de María y la aceptación de José de criar –como suyo– a un hijo ajeno. Sin embargo, según la última Encuesta Nacional de Demografía y Salud (Endes), la fecundidad de las peruanas es 33,3% mayor que la deseada: tienen en promedio tres hijos cuando quieren dos. Según un estudio de Flora Tristán y Pathfinder, casi el 60% de todos los embarazos no son deseados y esto se explica porque un millón de las mujeres sexualmente activas no están suficientemente protegidas. Más de la mitad de estos embarazos son abortados clandestinamente, superando los 400.000 casos por año.

También las fiestas navideñas son ideales para salir a la calle, sea para pasear, hacer compras, celebrar, visitar a familia y amigos, y muchas ocasiones más. Mi tercer deseo es que los transeúntes, especialmente a pie o bicicleta, puedan moverse por la ciudad con tranquilidad y seguridad. No puede ser que nuestra urbe esté totalmente dominada por motoristas prepotentes y peligrosos que hacen caso nulo a las leyes y a los simples dictados de la civilidad. Como he escrito anteriormente en este espacio, en Lima casi el 80% de las víctimas fatales de los accidentes de tránsito son peatones. En Estados Unidos solo es el 16% y en la Unión Europea el 21%.

No necesitamos de un hombre vestido de rojo o a tres magos para comenzar a hacer realidad estos deseos. Tampoco hay que esperar a que el Estado sea lo suficientemente fuerte para hacernos cumplir la ley. En el fondo, como he insistido varias veces, una buena parte del cambio está en nosotros mismos.

Creo que cada día tenemos más conciencia sobre nuestros derechos y somos más sensibles con respecto a los derechos de los demás. Ello explica la mayor indignación que sentimos hacia el maltrato y el abuso. Y la estamos expresando en los medios, las redes y las calles. Ahora falta que la irritación se consolide más aún en organizaciones efectivas y representativas. Es así porque los últimos años nos han enseñado que, si los ciudadanos conscientes no lo hacemos, nuestro país seguirá siendo pasto de otros tipos de organizaciones con nombres como “los cuellos blancos”, “wachiturros”, “malditos”, “injertos”, entre otros.

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