(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

En junio del 2016, Pedro Pablo Kuczynski ganó la presidencia gracias a una coalición de votantes de las zonas más pobres del sur andino y buena parte de las clases medias y altas de la Lima moderna. Una de las lecturas más o menos aceptadas de esa segunda vuelta electoral es que, por un lado, a esa coalición electoral la unía su profundo rechazo al fujimorismo y, por el otro, que en ella anidaba un sentimiento de preocupación por el devenir institucional del país. Sin un verdadero Estado de derecho, sin un respeto absoluto por las instituciones y las formas que permiten una convivencia civilizada en democracia, este complejo país seguiría profundizando sus enormes contradicciones.

Desde entonces, y en especial a la luz de la frustrada –y frustrante– presidencia de Kuczynski y la llegada al poder de Martín Vizcarra, la coalición republicana ha seguido siendo materia de discusión en diferentes espacios de opinión. Un tema recurrente ha sido la necesidad de encontrar figuras de alcance nacional que puedan darle voz a la coalición. Nos hemos preguntado si Vizcarra sería capaz de liderar ese esfuerzo y si, de cara al futuro, algunos de los políticos de primera línea podría tener ese perfil.

Lo que en dos años de continua crispación no hemos llegado realmente a discutir es cómo construir este proyecto político sobre fundamentos más sólidos, incluyendo la base de la pirámide electoral. El lugar en el que probablemente mejor se expresa la ciudadanía es la convivencia diaria en el espacio público. Visto así, es esencial que una alternativa institucionalista incluya a las arenas municipales y regionales, y pase ahí su prueba de fuego.

Para llegar al 2021 con una propuesta institucionalista más consistente, la arena municipal puede ayudar a visibilizar los aspectos centrales del proyecto. Los municipios y los gobiernos regionales están a cargo de una serie de servicios –desde el recojo de basura hasta parte de las prestaciones sanitarias– que son determinantes para la calidad de vida de las personas. Además, los gobiernos locales determinan buena parte de las principales normas que ordenan la convivencia social. En definitiva, para que la coalición republicana pueda convertirse en una opción para las mayorías, estas deben ver su validez en las innumerables transacciones entre ciudadanos y con el Estado que se producen en la vida cotidiana. Si no, el riesgo es que una idea tan central como la ciudadanía sea percibida como un proyecto de élites capitalinas.

En el caso de Lima, la campaña rumbo al 7 de octubre ha sido relegada a un segundo plano por las pugnas políticas nacionales. La escasa atención municipal se la han llevado las propuestas xenófobas de algún candidato y el debate de cuántas cámaras de seguridad instalar para luchar contra la criminalidad. Sin embargo, en medio de esta pobreza intelectual, solo uno de los tres candidatos que hasta hace una semana lideraban los sondeos tiene un discurso y una gestión que lo acercan a los valores republicanos. Ese candidato es Jorge Muñoz. De resultar ganador, ¿hará de esa su principal bandera?

Al margen de lo que suceda con la próxima gestión municipal, uno de nuestros grandes desafíos irresueltos es cómo vertebramos el país entre lo local y lo nacional. Cualquier proyecto político se enfrenta a este enorme reto, pero para una coalición que busca cambiar de manera profunda la forma en que se ejerce la ciudadanía, no hay otra opción más que redoblar la apuesta. Puede, además, ser buena política. En otros países de la región, demostrar capacidad de gestión a nivel local es lo que le ha permitido a organizaciones con menos experiencia dar el salto a las grandes ligas. En Uruguay, por ejemplo, el Frente Amplio tuvo que exponerse primero en la Alcaldía de Montevideo antes de poder hacerse con la presidencia. Algo parecido podría decirse del macrismo en Argentina.

En el Perú, los partidos, prácticamente, han muerto. Ausentes las ideologías y los programas que dan forma al voto ciudadano, lo único que le queda al elector es decidir entre la experiencia y la inexperiencia en la gestión. La pregunta, entonces, es si el proyecto republicano puede convertirse en una alternativa realmente seria sin probarse antes en la arena municipal. Ojalá esa prueba llegue a partir del 2019 y no tengamos que esperar un ciclo electoral más.