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¡La Kanción!, por Javier Díaz-Albertini

“La ‘k’ es una letra muy llamativa y exótica, que destaca muchísimo más que su devaluada hermana, la poca fascinante ‘c’”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

señora k

“La presencia de la 'k', sin embargo, se ha vuelto muy común, especialmente en la política, la publicidad y el mercadeo”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

He escuchado un persistente rumor de que el Congreso está a punto de pasar una ley que nacionaliza la letra ‘k’. Debido al creciente sentimiento nacionalista, manifestado en contra de inmigrantes venezolanos y asesores argentinos, algunos padres y madres de la patria consideran apropiado devolver la ‘k’ a su tradicional modestia en el castellano peruano y defender la hegemonía de la ‘c’ o ‘q’.

La ‘k’ no era común en mi juventud. Junto con la ‘w’, ocupaba un lugar casi inexistente en nuestra lengua. Una rápida mirada al diccionario y lo que encontramos son bastantes palabras de origen griego y otras lenguas, que bien pudieron ser escritas con ‘c’ o con ‘q’. Por ejemplo, tendríamos: ‘caraoque’, ‘carate’, ‘carma’, ‘quebab’, ‘quelvin’, ‘quilo’, ‘quiwi’ y ‘curdo’.

Las pocas veces que nos topábamos con la bendita letra –en mi tiempos– era en el mundo de la televisión. Estaba el presentador Kiko Ledgard, a quien le encantaba poner nombres singulares a sus hijos (Clipper, Brick, Jet, Flash), aunque hoy en día ya no llamarían la atención. También destacaba, para los que éramos fanáticos de la serie cómica Superagente 86, el archienemigo de Control –la agencia parodia de la CIA–, KAOS, parodia de la KGB. Y bueno, igualmente recibíamos noticias de las barbaridades del Ku Klux Klan en el sur de Estados Unidos durante los años 60.

La presencia de la ‘k’, sin embargo, se ha vuelto muy común, especialmente en la política, la publicidad y el mercadeo. Yo creo que la penetración en nuestra lengua comenzó gracias a la popularidad de un conocido restaurante chatarra de pollo frito. En el mundo de la radio, por ejemplo, ya no se escribe “qué buena”, “la calle” o “caribeña”. Y es comprensible, porque muchos publicistas dicen que la ‘k’ es una letra muy llamativa y exótica por su rareza en nuestro idioma. Hay que ser sinceros, destaca muchísimo más que su devaluada y humilde hermana de fonema, la poca fascinante ‘c’.

La ‘c’ tan política de mis tiempos del ‘capitalismo’, ‘comunismo’, ‘clases sociales’, ‘ciudadanía’, ‘cooperativismo’, fue perdiendo vigor cuando se puso de moda la ‘concertación’. Conversar no es pactar, nos dijo hace un montón de años un aprista, pero concertar sí lo es. Digamos que la ‘c’ ha perdido gracia desde que terminó la Guerra Fría. Fue concertada hasta la muerte. Huérfana de ideologías y contenidos, nos contentamos con la imagen y la pobre ya no era atractiva.

En nuestra triste vida política, ante la falta de institucionalidad, vigencia y doctrina, los partidos tratan de llenar sendos vacíos poniendo como símbolo la letra inicial del nombre o el apellido de su ‘kaudillo’. En las elecciones nos piden que marquemos la A, O, PPK y, bueno, la ‘k’.

Tan común se ha vuelto la extranjerizante letra, que nuestros fiscales han tenido problemas en encontrar a la “señora K” de los audios. Podría ser la esposa de un ex presidente renunciante, la venezolana casada con un corredor de autos, el ‘nome de plume’ de un congresista emulador ‘au contraire’ de George Sand, la compañera de Timoteo en el programa infantil, ‘ad infinitum’.

Como estas confusiones están generando zozobra política, uno de los portavoces de la “primera fuerza”, insiste que esto ya es suficiente justificación para nacionalizar la ‘k’ y traducir todo documento que la contenga. Ello implicaría que la fiscalía deberá empezar a buscar inmediatamente a una “señora C” o “señora Q”. Asegura, además, que ello otorgaría nuevos aires a las investigaciones y con toda seguridad le daría renovados bríos al “señor Chá” que ahorita se encuentra inmovilizado por el gran enigma que representa la ‘k’ alienante.

Preguntado sobre cómo afectaría el cambio a su lideresa, el portavoz dijo que, de ninguna manera, porque el primer artículo de las disposiciones transitorias dice claramente que toda persona cuyo nombre propio (y no apellido) comienza con ‘k’ y haya sacado el 49.880% de los votos válidos en la última segunda elección presidencial, podrá mantener para siempre la letra en su nombre y como símbolo-recuerdo de lo que pudo haber sido.

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