Hay quienes proyectan que estamos a puertas de lo que será una dictadura. Los poderes ya estarían concentrados en una sola persona, en una organización criminal. En ese marco, en ese relato que desarrolla el antifujimorismo, Keiko Fujimori, la presidenta, ha esperado más de 25 años para regresar a la Ítaca de la dictadura albertista. Todo el antifujimorismo, con sus “agenda setters” —que van desde liberales, progresistas, hasta la izquierda en sus diversos colores—, machaca el relato. Pero de fondo hay una preocupación real: que el fuerzapopularismo —como sucedió en su día con el albertismo— se reposicione claramente en los sectores populares. La representación del mundo popular está en disputa y Fuerza Popular tiene ventaja. La sociología, siempre antes que la política. Lo que calla el antifujimorismo y sus académicos es que Keiko Fujimori construye su proyecto sobre las bases de un partido tradicional, esos que tanto detestó Alberto.
Antes de continuar, vale recordar que este 28 de julio, hace un año, era Dina Boluarte quien dirigía uno de los mensajes a la Nación más largos e intrascendentes. Luego de ella, el Perú tuvo dos presidentes más.
El Senado para el fujimorismo, la cámara de diputados para la conjunción opositora pegada con babas. Punto para el fujimorismo. Ha logrado la presidencia de una mesa decisiva cuando podía perder las dos. Observen que el fujimorismo también va por la construcción de su propio relato y empieza a dar señales políticas: no viene a concentrar poderes. Atención a esto otro que es un vector de ese relato: Keiko hereda un “estado catastrófico”. El término ha sido detalladamente escogido por ella y sus asesores. A estas alturas no hay puntada sin hilo. Un “momento catastrófico” necesita de un gobierno de emergencia. Pero hay otra idea fuerza en el relato fujimorista: será un gobierno de “resultados”.
La construcción de un relato es, hoy por hoy, una pieza angular de la comunicación política: un gobierno, así como construye obras, debe construir también un relato.
El tiempo es y será su verdadera oposición. Tiene 100 días de aquí para adelante. Si no hay resultados, habrá nervios en los “centros de gravedad” que sostienen al nuevo gobierno fujimorista, entre ellos el sector empresarial (tanto pequeño como grande) y sus posibles aliados locales. La aprobación de Kast en menos de cuatro meses es solo de 30% aproximadamente, y la de Milei, algo parecido. La crisis del petróleo en Medio Oriente es la música de fondo. Sube el costo de vida y los gobiernos lo pagan en la aprobación. Keiko tiene 100 días; de lo contrario, el sur empezará a moverse y tendremos otra mandataria de derecha que en seis meses se devalúa.
Keiko asume su mandato en medio de una polarización también internacional: China versus Estados Unidos. De fondo están los minerales críticos y las líneas de suministro, sobre todo de cobre, el mineral de la inteligencia artificial y de lo que será la Industria 5.0, y cuyo precio —salvo un “cisne negro”— no bajará de US$ 5.5 la libra. Atención también a Carlos Espá, hoy canciller y hombre cercano a la embajada estadounidense e hipercrítico de China, nuestro primer socio comercial. La entrada de Espá es una fuerte cuota ideológica a un gabinete más pragmático, dirigido por el segundo hombre al mando del gobierno, Luis Galarreta, nacido del Movimiento Libertad. Espá debe tener línea directa con el embajador norteamericano. En todo caso, Keiko ha presentado a los tres hombres que representan, cada uno, una parte de su gobierno: orden y pragmatismo (Galarreta); línea directa a Miami, a Marco Rubio, y presión hacia China (Espá); ortodoxia económica y sagacidad política (Elmer Cuba). Ojo: mientras los precios de los minerales se mantengan arriba, el déficit puede esperar un poquito.
Dijo Cela en su discurso de Nobel que en España, el que resiste, gana. Ha ganado una mujer. El feminismo en pleno debería sentirse orgulloso de que una mujer asuma el mando del país. Asimismo, no hay mayor política de inclusión que nombrar a Galarreta como número dos en el poder. Pero sabemos que el feminismo no lucha por la igualdad, sino por la ideología. Debió pasar más de dos siglos para que una mujer lidere la nación política.