He estado siguiendo en estos días la discusión en torno a cómo está comunicando el gobierno desde que asumió el poder. He visto las críticas a las transmisiones en vivo de la presidenta Keiko Fujimori en las que muestra –y se prueba– los regalos que le hacen. También he revisado los cuestionamientos a cómo el ministro de Salud, Luis Dyer, está reportando, con bastante histrionismo, los problemas que va encontrando en el Minsa.
Es necesario cuestionar cuando el gobierno comunica mal. Sin embargo, lo que ha sido característico en el ejercicio del poder en estos últimos años ha sido, a mi parecer, la ausencia de comunicación política. Hemos tenido gobiernos que básicamente asumieron que no tenían que informar sobre lo que estaban haciendo, que no atendían a la prensa, que pensaban que para rendir cuentas bastaba leer mensajes a la nación interminables el 28 de julio.
¿Estamos entonces evolucionando para mejor o no? Lo que estoy viendo es que, en líneas generales, la comunicación política de los ministros ha mejorado ostensiblemente. Ahora bien, si miramos el caso puntual de Luis Dyer en Salud y lo conectamos con el hecho –que yo mismo he criticado– de que es un ministro que no tiene mayor experiencia en el rubro, encuentro cierto asidero en la crítica de que quizá todo el aspaviento mediático que está generando es una forma de sobrecompensar el hecho de que no es alguien que tenga claridad sobre qué hacer estructuralmente con el sector, y por tanto está buscando victorias rápidas que le generen capital político. Está tratando de evidenciar que está empatizando de alguna manera con quienes sufren las falencias del sistema de salud.
Esta estrategia, reitero, sirve para ocultar temporalmente su propia brecha de conocimiento como titular de la cartera. Pero, al mismo tiempo, lo que encuentro en muchas críticas que se le hacen, sobre todo las que vienen de exfuncionarios del sector, es un mensaje que expresa algo así como “por qué hace tanta alharaca este señor si el sector Salud no está tan mal como él lo pinta”. Esta última lectura, uno pensaría, subestima la indignidad con la cual el ciudadano promedio siente que es tratado por ese sistema.
Dicho esto, una cosa es aparentar que uno está válidamente empatizando con ese malestar, y otra muy distinta, resolver efectivamente los problemas de fondo que lo originan. Sobre esto último, que es lo más importante, tenemos muy poco tiempo para juzgar la gestión de Dyer, pero habrá que ser duros con él, y con el gobierno que lo nombró, si no hace un buen trabajo.
Por otro lado, la comunicación de la mandataria por ratos se parece más a la de una influencer en redes sociales, y algunos cuestionan que eso dista de ser “presidencial”. Dado que ella representa por su cargo a toda la nación, todos tenemos legitimidad para opinar sobre cómo comunica, sobre si preferimos un estilo más serio o más jovial. Pero, por lo mismo, sí es labor de quien ejerce la presidencia el (intentar) comunicar representatividad con la población. Y Fujimori, una política a quien un sector de la opinión pública ve con una animadversión muy intensa, indudablemente requiere trabajar en este frente.
Durante mucho tiempo, Fujimori hizo política comunicando excesiva dureza –de manera perjudicial a sus propios intereses, uno podría decir–, y ahora necesita comunicar otras cosas, como calidez y cercanía, algo que ya venía ensayando desde antes de la elección. Cada quien podrá juzgar si está logrando tal cosa o no (su aprobación con los jóvenes es un indicador auspicioso para ella en ese sentido). Pero lo que está haciendo es deliberado, y es entendible que lo sea.
En cualquier caso, el desafío que va a enfrentar su estrategia de comunicación es que tendrá un primer año de gobierno muy complejo por el fenómeno de El Niño. Y si no hay respuestas efectivas a los estragos que este genere, los tiktoks no van a servir de mucho.