La presentación del Plan Nacional de Educación 2026-2031 vuelve a colocar la educación en el centro de la agenda pública y eso siempre es una buena noticia. Los anuncios abordan problemas que el país no puede seguir postergando: infraestructura, conectividad, aprendizajes, formación docente, liderazgo de los directores y actualización curricular. Ahora viene lo más difícil: que estas medidas lleguen efectivamente a las escuelas y se traduzcan en mejores aprendizajes para nuestros estudiantes.
Construir 2.000 colegios y modernizar otros 3.000 es una meta ambiciosa frente a una brecha de infraestructura que supera los S/170 mil millones. También lo es avanzar hacia la conectividad de nuestras escuelas. Ambas son necesarias. Pero sabemos que un buen edificio no garantiza buenos aprendizajes y que tener internet no significa necesariamente utilizar la tecnología para aprender. El desafío está en conectar infraestructura, tecnología y pedagogía.
Lo mismo ocurre con los docentes. Fortalecer su formación y preservar la meritocracia en la Carrera Pública Magisterial es fundamental. Pero no creo que la calidad de un maestro pueda resumirse en la nota de una prueba. Necesitamos docentes con sólido dominio de lo que enseñan y de cómo enseñarlo, capaces de desarrollar pensamiento crítico, atender la diversidad y acompañar a sus estudiantes.
Me parece especialmente importante que el plan ponga la mirada en los directores. Les exigimos resultados, pero muchas veces los mantenemos atrapados en tareas administrativas. Formarlos es indispensable; darles autonomía para tomar decisiones en sus escuelas, también. Autonomía, por supuesto, acompañada de rendición de cuentas.
También necesitamos evaluar. Pero he insistido muchas veces en una diferencia que considero fundamental: evaluar no es solamente medir. Una prueba sirve cuando la información regresa a la escuela, orienta al docente y permite actuar antes de que un estudiante se quede atrás.
La actualización curricular merece una discusión seria. La inteligencia artificial, la transformación del trabajo y la desinformación nos obligan a revisar qué y cómo enseñamos. Se ha hablado de un currículo “sin ideologías”. Coincido en que la escuela debe estar libre de cualquier forma de adoctrinamiento. Pero la respuesta debe ser un currículo riguroso, sustentado en conocimiento y evidencia y pertinencia, que promueva la pluralidad y el pensamiento crítico. Más que discutir únicamente qué retiramos del currículo, preguntémonos qué ciudadanos queremos formar: jóvenes capaces de comprender, contrastar fuentes, distinguir hechos de opiniones, argumentar y pensar por sí mismos.
Hay otro punto que no deberíamos perder de vista: la educación peruana no empieza de cero.
Tenemos enormes problemas y resultados de aprendizaje que deben preocuparnos. Pero también hemos avanzado. El analfabetismo disminuyó de 7,4% en 2010 a 4,7% en 2024. Se amplió la cobertura de educación inicial y aumentó el acceso a la educación superior. Se consolidó una Carrera Pública Magisterial basada en mérito y evaluación, se desarrolló un Currículo Nacional por competencias, se expandieron los COAR y se establecieron condiciones básicas de calidad y licenciamiento universitario.
¿Todo funcionó? No. Algunas reformas necesitan corregirse y otras no alcanzaron los resultados esperados. Nuestro problema ha sido también la dificultad para sostener políticas, evaluarlas, aprender de ellas y mejorarlas en el tiempo.
Finalmente, debemos mirar la trayectoria completa de las personas. La educación empieza desde la gestación y la primera infancia, continúa en la escuela, la educación técnica o universitaria y debe acompañarnos a lo largo de la vida.
En educación no podemos seguir empezando de nuevo con cada gobierno. Necesitamos menos políticas asociadas a nombres propios y más políticas de Estado que se sostengan, se evalúen y mejoren en el tiempo. Ese debería ser también el desafío de este nuevo plan.