En política, hay semanas que pesan más que años: esta fue una de ellas. Días después de haber aprobado el reglamento para la reforma del sistema de pensiones, el gobierno anunció su respaldo a un nuevo retiro de fondos de la AFP. Tres días después, fue aprobado en el Congreso.
Más allá de lo que implica un nuevo retiro (para eso están los expertos), las reacciones del Ejecutivo y del Congreso, tan inmediatas, dicen mucho del momento político.
1. Congreso y Ejecutivo, instituciones que solemos percibir como encapsuladas y lejanas a la calle, no son ajenas a la opinión pública, como los últimos años nos pueden haber llevado a pensar. Por el contrario, son inmensamente sensibles a ese pulso, lo suficiente como para darle una vuelta en días a algo que tomó un par de años en gestarse.
2. La gente tampoco es tan ajena a las consecuencias que un reclamo colectivo tiene. Los últimos años hemos sentido que la ciudadanía está adormecida, que los peruanos toleramos todo, pero evidentemente la reacción ciudadana es selectiva: despierta cuando le tocan lo inmediato, cuando percibe que lo que peligra es el bolsillo, la urgencia, la certeza de mañana. Ese es nuestro contrato social mínimo, el límite que no se negocia. En un país acostumbrado a la resignación, la gente no se levanta ante cualquier amenaza. Solo reacciona cuando el presente toca fibras íntimas: la plata propia o la seguridad de lo suyo. El resto –la lenta degradación de nuestras instituciones– parece doler menos, aunque nos toque igual de hondo.
3. Vuelve a ser evidente cómo el Ejecutivo opera desde la precariedad, gobernando desde el temor y administrando día a día esa calma mínima que lo sostiene. A pesar de estar en su último año, todos los días son un ejercicio de supervivencia. El Congreso está en campaña. No hace falta elaborar.
4. Para el empresariado, la lección implica reconocer que ninguna decisión está blindada: acuerdos, reglamentos y reformas pueden voltearse en días. Los compromisos se sostienen solo mientras coinciden con la urgencia política del momento. En tiempos electorales, la prudencia consiste en trabajar con el Estado, pero con la certeza de que lo pactado siempre puede cambiar.
La enseñanza no es rimbombante: en nuestra política, nada dura demasiado.
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