“El hombre es un ser indolente. En su totalidad cósmica, apenas si se concilia con la realidad de la que forma parte […]. Consume palabras como si fueran desechables, para no verse obligado a decir lo que se espera de un hombre. Es egoísta. […] Vive encerrado en su capullo, prefiriendo no responder por este mundo a punto de desmoronarse, cuando él es el único que podría salvarlo”. La cita es de Nélida Piñón, enorme escritora brasileña a la que tendremos la posibilidad de escuchar en la próxima Feria del Libro, que será virtual pero igual de interesante que siempre. Nélida describe así la indolencia en “Una furtiva lágrima”, su autorretrato poético, en el que al hablar de ella nos describe a todos nosotros: una sociedad en la que la lucha por el consumismo desenfrenado, del que solo los pobres se escapan, nos ha sumido en un individualismo salvaje. Nos ha vuelto incapaces de generar consensos, de diseñar instituciones que reflejen la tan necesaria idea de bien común, que es lo único que nos aleja del horrendo destino de volvernos caníbales y consumirnos los unos a los otros.
Las tragedias, como una pandemia o una guerra, no crean nada, no suman novedad a nuestras vidas. Simplemente, no permiten que barramos debajo de la alfombra nuestras vilezas. Y lo que el coronavirus está haciendo insoportablemente visible de nuestra sociedad es una falta absoluta de empatía con el otro, una incapacidad para vernos como un todo, una constatación de que estamos forjados sobre la base del “los otros” y no del “nosotros”. Esta semana hemos asistido con estupefacción y horror al enfrentamiento entre el Poder Ejecutivo y el Congreso. Hemos visto cómo aquellos a los que les hemos encargado la invaluable responsabilidad de administrar nuestras vidas, en uno de los peores momentos de nuestra historia, han sido incapaces de dialogar, de deponer su visón del mundo y sus convicciones sectoriales para enfocarse en la necesidad de que la gente deje de ahogarse, de que el agricultor no pierda su cosecha, de que los niños no caminen horas para conseguir una señal de Internet para seguir aprendiendo. Usar la presentación del Gabinete en el Congreso para adoctrinar a los “ignorantes parlamentarios” sobre el rol de la minería en el Perú, ha sido tan soberbio y egoísta como producir en masa leyes populistas, inaplicables, en busca de votos para el 2021.
Un pueblo que sale a morir para no morir, como sabiamente le dijo el profe Gareca a un vecino en su parque mientras paseaba a su perro, es un pueblo que ya se dio cuenta que baila con su pañuelo. Un pueblo al que el Estado, en todas sus instancias, le ha fallado sistemáticamente. Cinco meses después de declarada la emergencia en el Perú, nos hemos convertido en una turba que vuela en busca de lo suyo, que ha trasladado las leyes del consumismo a la realidad de la supervivencia.
¿Podemos esperar más de nuestras autoridades? Difícilmente. Al fin y al cabo, la representación parlamentaria, la falta de cohesión dentro del propio Ejecutivo, la inercia de las autoridades locales no son producto de lo mal que elegimos. Son la representación de una sociedad escindida, marcada por la diferencia. El fútbol y la comida parecen ser nuestro único rasgo común, y no pues, no se puede construir una nación alrededor de un lomo saltado y un gol de Paolo Guerrero.
Bajo ese principio es imposible esperar algo de quienes gobiernan a una masa de personas. Es imposible pretender que los elegidos de ese pueblo se comporten distinto de aquello que los engendra. Mejor vamos asumiendo lo que somos, y lo nombramos con crudeza como lo hace Nélida Piñón; de lo contrario seguiremos viviendo una ilusión, por doscientos años más, en lugar de construir un país posible, gobernable.