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Es increíble cómo una palabra puede cambiar totalmente nuestra percepción de un fenómeno. Me refiero específicamente a la palabra ‘nube’ para referirnos a los centros masivos de almacenamiento de datos actualmente utilizados. En realidad, es lo más lejano a una nube. Son infraestructuras físicas de miles de metros cuadrados ocupados por hileras de discos duros inmensos y dependen de un uso intenso y masivo de y agua potable para su enfriamiento. Un centro de almacenamiento, por ejemplo, consume tanta agua como una población de 50.000 habitantes y, a pesar de que hay ciertos avances, la energía eléctrica que los pone en funcionamiento es generada por combustibles fósiles tradicionales. Además, deben funcionar 24/7 sin descanso.

Una encuesta reciente en EE.UU. indica una falta general de conciencia sobre el impacto ambiental del almacenamiento en la nube, a pesar de las crecientes preocupaciones sobre la sostenibilidad de las actividades digitales.

Esta huella se extiende desde la fabricación de dispositivos hasta el funcionamiento y mantenimiento de los servidores, incluyendo el uso de refrigeración y la generación de residuos electrónicos, lo que sugiere que los centros de datos representan aproximadamente el 1% del consumo mundial de electricidad.

¿Cómo mejorar esta situación? En primer lugar, exigiendo que las compañías tecnológicas que manejan las nubes utilicen fuentes de energía alternativas. Segundo, que sean transparentes con respecto a su consumo, por ejemplo, del agua, y cómo puede compatibilizar con el consumo humano. Tercero, generar mayor conciencia sobre el uso de los medios digitales y su enorme huella de carbono.

Si bien la computación en la nube ofrece eficiencia y escalabilidad, su infraestructura subyacente, particularmente los centros de datos, contribuye a importantes consecuencias ecológicas, incluido el alto consumo de energía, las emisiones de carbono, la generación de desechos electrónicos y el uso de agua.

Sería una tragedia que nuestro planeta empeore su crisis energética o hídrica, gracias a la superficialidad, ignorancia e inconsciencia de los miles de millones de ‘selfies’, influencers y coreografías tiktokeras. Aprendamos de nuestros abuelos y padres: apaguemos las luces cuando no sean necesarias.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Javier Díaz-Albertini es Ph. D. en Sociología

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