El viernes 20 por la mañana, las aguas del Rímac arrastraron al suboficial y brigadista Patrick Ospina Orihuela, integrante de la Policía Nacional del Perú y bombero de la Compañía Huachipa 236, mientras intentaba rescatar a un perro atrapado por la corriente. Ocurrió en el Cercado de Lima, a la altura del puente Santa Rosa. El cuerpo sin vida del policía y brigadista −alguien consciente de que el sufrimiento no es solo potestad del ser humano− fue encontrado al día siguiente, en la desembocadura del mismo río.
En tiempos en los que altos funcionarios con la máxima responsabilidad −como numerosos congresistas− burlan el servicio público que deberían honrar, resulta extraordinaria la conducta del suboficial Ospina. Cuando el patrimonialismo −la perversa práctica de capturar y usar el Estado con fines particulares− se ha convertido en un ejercicio recurrente, la integridad del suboficial se transforma en una lección de civismo. Adquiere un valor excepcional, además, ahora que el individualismo es extremo y, en general, cada cual juega solo para sí.
Subrayada sin duda por su trágico y doloroso desenlace, esta acción puntual tiene, no obstante, una virtud: develar que la vocación de servicio, en el grado máximo: arriesgar la vida propia, no ha desaparecido de entre nosotros. Conductas como las del suboficial Ospina, su actitud valiente, como la de otros bomberos y policías −cuando estos últimos se apegan a la ley− hacen ver que hay reservas morales para enfrentarse a los peligros y, quizá, vencerlos.
Sin perder la noción de las proporciones, es inevitable, pues, relacionar la fatídica circunstancia con la pérdida del principal fundamento de la política: construir y consolidar una comunidad ciudadana, con respeto a las diferencias y diversidades. Esto, en especial frente a las señales de alerta que, de un tiempo a esta parte, se encienden demasiado a menudo para anunciar que el Estado Peruano está en peligro de colapsar, capturado por una mixtura de autoritarismo y corrupción, mientras se gobierna desde el Congreso con soberbia y prepotencia.
Vendrán los homenajes al suboficial Ospina, y bienvenidos sean, porque se los merece y en algo consolarán a la familia. Ojalá traigan aparejados el recuerdo de la inmensa distancia entre su entrega y quienes negocian la elección de un presidente de la República teniendo como único objetivo mantener, como grupo, sus precarios y rentables puestos de poder.
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