La edición 2026 del Foro Económico Mundial en Davos está resultando ser diametralmente opuesta a lo que se esperaba. En este espacio, que funge como el epicentro de encuentro entre las autoridades globales y los ‘stakeholders’ estratégicos del ecosistema económico-financiero, se prevé hoy la participación del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien acaba de cumplir su primer año de gestión como mandatario de la potencia económica. En dicho evento, Trump abordará, con certeza, las críticas y amenazas que su administración ha proferido contra el continente europeo tras su insistencia por obtener el “control total” de Groenlandia, por supuestas razones de “seguridad nacional”; y hará mención, seguramente, de la incansable guerra comercial que ha caracterizado su gestión como presidente, aquel caballito de batalla que posee para lidiar con todo aquel que osa ignorarlo o enfrentarse en sus intereses.
Pero tras bambalinas, el foro se ha transformado en un territorio de emergencia donde múltiples actores buscan “poner paños fríos” ante el acelerado escalamiento de las tensiones geopolíticas entre diversas naciones europeas y EE.UU. Miles de millones de dólares se encuentran en vilo, mientras las amenazas de nuevos aranceles por parte de Trump se agolpan en la puerta de entrada del Viejo Continente.
Los mercados financieros no han podido seguir ignorando la realidad. La exigencia del mandatario estadounidense por controlar la isla de Groenlandia está exacerbando la ansiedad de los inversores ante los escenarios más críticos. Es así que Wall Street cerró ayer su peor sesión desde abril del 2025, mes en el que Trump anunció el controversial “día de la liberación” –aquella infame estrategia de aranceles recíprocos contra más de 100 países que, en la mayoría de los casos, terminó desvaneciéndose como el humo–. Las acciones que cotizan en el índice S&P 500 borraron la totalidad de ganancias obtenidas en lo poco que va del año, mientras que el oro, activo que más se ha beneficiado del constante clima de incertidumbre, volvió a anotar un nuevo récord superando los US$4.700 la onza.
Con las acciones en retroceso, un dólar débil y una venta importante de los bonos del Tesoro ante la preocupación por las finanzas del Gobierno Estadounidense (una postura radical que ya ha tomado el fondo danés AkademikerPension, por ejemplo), parece haber retornado con fuerza el discurso del “sell America”. Este fenómeno de desinversión, que podría ser eventual, está reflejando el deseo de los capitales globales de evitar la exposición a un contexto de volatilidad tan extrema como el que hoy presenta el mercado estadounidense.
Aunque este comportamiento pueda no ser permanente –siempre que las tensiones geopolíticas disminuyan–, lo concreto es que cada vez son más los inversionistas que deciden tomar medidas preventivas por las graves repercusiones que podrían partir de un clima de mayores tensiones: desde un escalamiento agresivo de los aranceles entre Europa y EE.UU., hasta una ruptura de la alianza de la OTAN. Este último evento, aunque esté aún lejos de ocurrir, sería uno de los golpes más fuertes contra la cooperación y multilateralismo que han caracterizado al siglo XXI.
Muchos desconfían de las amenazas de Trump. Pero eventos como el de Venezuela han demostrado que, cuando quiere, el mandatario estadounidense se impone ante cualquiera. Mientras la incertidumbre reine, el caos prevalecerá.
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