Hacía más de 20 años que no ocurría un descalabro en el Megantoni, y justo ahora se produce el peor de todos. Nos quedamos sin gas natural y sin buena parte del gas licuado de petróleo. Y, como si se hubieran puesto de acuerdo, esto coincide con el inicio de la guerra de Trump, que ha hecho subir el precio del petróleo en todas partes; para su desgracia, también en su patria. Y ese es solo el menor de los males que ese salvaje belicismo está ocasionando.
¿Cómo así se enteró nuestro mar de que debía unirse a la labor destructiva en estos mismos días? Difícil saberlo, pero se ha esforzado al punto de que 90 puertos tuvieron que paralizar sus actividades.
Las lluvias, que ya venían de atrás dejando decenas de muertos, miles de damnificados y alzas en los precios de productos alimenticios, persisten estos días en Tumbes, así como en la sierra y la selva, donde siguen haciendo de las suyas.
Hay muchas hipótesis sobre si El Niño vendrá fuerte. De ser así –y dado el previsible fracaso de la prevención–, los muertos se multiplicarán por cientos, los damnificados por miles y los empobrecidos por cientos de miles.
Las peores plagas no se han quedado atrás. Así, la que encarna el precario inquilino de la Casa de Pizarro ha ratificado que no atina una. Lo más desgraciado: castigar sin clases a los estudiantes de colegios y universidades. Ahora anda aterrado porque la próxima semana pide la confianza del Congreso y ese, entre otros problemitas, complica que la consigan.
La otra plaga, la de los entornillados en la plaza Bolívar, enfrenta algunos dilemas. Antes era una plaga cohesionada por su objetivo principal: actuar siempre para su propio beneficio, importándoles un comino si para ello se llevaban de encuentro al país. Pero ahora están confrontados entre sí: unos quieren destrozar a los otros, y los otros, a los unos. Suman, restan y multiplican para ver si les conviene o no –para atraer votantes incautos– tumbarse al Gabinete de pacotilla.Todas estas maldiciones juntas se parecen demasiado a lo que se acumuló en abril del 2021, cuando las elecciones generales se dieron en medio del dolor y la rabia de muchos peruanos por el grosero fracaso del sistema de salud –¡y sus trágicas consecuencias!– al enfrentar el COVID-19.
¿Algo ha cambiado? Sí, para peor. Ahora cada ministro del sector es reemplazado por uno con prontuario más frondoso. “Jamás, señor ministro de Salud, fue la salud más mortal” (“Poemas humanos”). Para no desentonar, Essalud –donde con mucha suerte te dan citas para tres meses después– es hoy el botín del patriarca y de la familia de la esposa del heredero.
El incomparable César Vallejo quizá resumiría lo descrito diciendo que son “golpes como del odio de Dios; como si ante ellos la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma…”, que “abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte…”(“Los heraldos negros”).
¿Qué llevarán en el alma los millones de votantes que han sufrido todo esto? ¿Qué mensaje querrán darnos? Ya es muy tarde para hacer algo. Ojalá nos den una nueva oportunidad.
CODA: A Alfredo Bryce Echenique le he leído casi todo a lo largo de las décadas. Como cada uno de sus seguidores, tengo mis preferidos –los he leído muchas veces y los disfruto siempre–. Me quedo con dos novelas: “Un mundo para Julius” y “La vida exagerada de Martín Romaña”; y con un cuento: “Muerte de Sevilla en Madrid”. Los tres –y tantos otros–, con dosis diferentes en cada caso, coinciden en conmoverme hasta la médula y hacerme reír a carcajadas.
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