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¿Y la compra de aviones?
“De optar el gobierno por alguno de los aviones europeos, el francés o el sueco, habría que considerar el reto estratégico que supone acercarnos a una OTAN europeísta que pretende asumir mayor independencia”.

Exdirector de la Escuela Nacional de Inteligencia
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

La compra de aviones de combate por el Gobierno Peruano ingresó a una fase final con mayor tinte político y contenido geopolítico. Tres son las opciones finales: el F-16 estadounidense, el Dassault Rafale francés y el Saab Gripen sueco.
Según afirmó Ernesto Álvarez, primer ministro del saliente gobierno de José Jerí, optar por los F-16 estaba en función del liderazgo de Estados Unidos en el marco de los cambios hemisféricos y globales, obvio encuadramiento hacia el republicano Donald Trump, su ‘doctrina Donroe’ y sus estrategias de Seguridad Nacional (ESN 2025) y Defensa Nacional (2026), complementado en el caso del Perú por nuestra reciente designación, unilateral y simbólica, de MNNA (aliado no miembro de la OTAN).
Paradojas históricas de la conducción de Washington que, durante la administración demócrata de Lyndon B. Johnson, en la década de los sesenta, nos negó los aviones F5A al amparo de la política reformista de la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy y su eslogan “desarrollo antes que defensa”.
A mediados de los setenta, la Fuerza Aérea del Perú hizo un nuevo requerimiento de aviones F5E, y los gobiernos republicanos de Richard Nixon y Gerald Ford volvieron a negar el pedido justificándose en que el Ejército optó por la matriz soviética y las relaciones militares con la Unión Soviética (1973).
En los ochenta, el gobierno de Fernando Belaunde eligió el Mirage 2000 francés, con el antecedente de ser los primeros operadores de los Mirage en Latinoamérica (1967).
Si bien en los cincuenta el Perú recibió de EE.UU. una apreciable cantidad de aviones de combate, matrices inglesas (1955), francesas (1967) y soviético-rusas (1976) ralentizaron la presencia norteamericana.
Todo apuntaba a que el posicionamiento de nuestra diplomacia reciente con Washington, y el profuso entramado bilateral tejido en los últimos meses, nos llevaría, forzosamente, a elegir un modelo bajo la dinámica promovida por EE.UU., pero el cambio de presidente podría no necesariamente coincidir en la misma dirección (aunque ayer José María Balcázar recibió al embajador Bernie Navarro).
De optar el gobierno por alguno de los aviones europeos, el francés o el sueco, habría que considerar el reto estratégico que supone acercarnos a una OTAN europeísta que pretende asumir mayor independencia y autarquía militar de Washington, en el escenario de tensas relaciones transatlánticas, entre otros por el envío de tropas de París y Estocolmo, en solidaridad con Dinamarca, a Groenlandia, codiciada por Trump, y entonces podría analizarse un ingreso como “socio global” de la OTAN, al igual que Colombia.












