Un cartel de la candidatura municipal de Lourdes Flores en la ciudad de Lima, en una imagen de archivo del 4 de octubre del 2010. (Foto: Dante Piaggio/El Comercio).
Un cartel de la candidatura municipal de Lourdes Flores en la ciudad de Lima, en una imagen de archivo del 4 de octubre del 2010. (Foto: Dante Piaggio/El Comercio).
Editorial El Comercio

La semana pasada, la noticia de que el ex gerente de Relaciones Institucionales de Raymundo Trindade Serra había declarado frente a los fiscales peruanos que viajaron a Curitiba que la empresa brasileña había hecho aportes a las campañas de del 2006 (presidencial) y el 2010 (municipal) cayó en nuestro país como una bomba.

Como se recuerda, días antes, un aspirante a colaborador eficaz –al que rápidamente se identificó como el abogado y ex árbitro de la Cámara de Comercio de Lima – había hablado de distintas contribuciones de la constructora a algunos de los empeños electorales de la ex lideresa del PPC. Y, al ser confrontada con esa información, ella simplemente había sentenciado que el responsable de tales asertos ‘faltaba a la verdad y no se ajustaba a la realidad’.

Es cierto que entre los montos señalados por el aspirante a colaborador eficaz y Serra existían varias diferencias. Pero es evidente también que, en medio del escándalo de las interesadas contribuciones de Odebrecht a las campañas de otros políticos –que en más de un caso han supuesto para ellos la prisión preventiva–, lo que requería ser desmentido o confirmado era fundamentalmente si algún aporte en general había tenido lugar.

Lourdes Flores no lo hizo y, en consecuencia, aquello que ha admitido con posterioridad al testimonio recogido por los fiscales en Brasil (esto es, que los aportes existieron, pero que quien los solicitó y administró fue el ya mencionado Horacio Cánepa, cercano colaborador suyo en las campañas antedichas) la hace lucir como alguien que va tratando de acomodarse a verdades ingratas conforme van emergiendo. Máxime si, como reconoció ayer en una entrevista en Radio Santa Rosa, ella supo de la contribución de Odebrecht a su postulación municipal ya en el 2017.

Pero aun si ignoramos ese detalle, la forma en que confió a ojos cerrados en Cánepa cada vez que él trajo lo que –ahora sabemos– eran aportes de la constructora brasileña tiene el aspecto de un conveniente descuido. No olvidemos que desde mucho tiempo antes existían razones para ser muy escrupuloso con todos los trances en los que el personaje en cuestión hubiese tomado parte. En 1995, en efecto, estuvo comprendido en el proceso del ‘huanucazo’, una operación de amaño de actas de sufragio en locales de votación de Huánuco que lo habría favorecido en su intento de llegar al Congreso de no haber sido desbaratada días antes de los comicios. Al final, en 1998, fue absuelto por un Poder Judicial en el que Vladimiro Montesinos pesaba más que cualquier afán de justicia.

¿No habría sido pertinente, entonces, que ella le preguntase a ese controvertido colaborador por la proveniencia del dinero con el que él se ofreció a ‘ocuparse’ de más de un asunto en sus diversas campañas?En concreto, la ex lideresa pepecista ha revelado ahora que Cánepa cubrió con plata de Odebrecht el costo de 10 mesas en una cena celebrada en el Chifa Royal para solventar su postulación presidencial del 2006 y alrededor de 10 encuestas que consideró necesario contratar durante la carrera municipal del 2010.

No preguntar, nos parece, era una manera de no hacerse cargo de información potencialmente comprometedora. Y el cuadro puede empeorar, si la respuesta a la pregunta no planteada era fácil de intuir.

¿Estuvo Cánepa en algunas de las reuniones de Lourdes Flores con los representantes de la empresa brasileña? ¿En aquella, por ejemplo, que tuvo lugar en su casa y en la que se conversó de “proyectos de infraestructura nacional” y de “proyectos en Lima”?

El problema que esta sobredosis de confianza entraña no puede ser superado ahora simplemente con el expediente de que se trató de un ‘error que hidalgamente se reconoce’, como ha pretendido en estos días la ex candidata del PPC. De alguna manera, la turbiedad de toda esta situación la ha pringado, pues, contra lo que afirma una risueña expresión popular, el que duerme sí puede pecar. Sobre todo cuando el sueño es autoinducido o consiste solo en apretar fuertemente los párpados para no enterarse de lo que de manera aparatosa está ocurriendo a unos metros de distancia.